viii.

Y es que la verdad así fueron todos los días desde que volví a Barrancabermeja. Cuadraba el despertador la noche anterior para que no me atrapara el terror inmundo de ver el reloj con una decena en las horas y pensar que no había hecho nada más que dormir. Los días más optimistas programaba lo que haría pero nunca se cumplió cabalmente. Mas o menos era así: Después de levantarme prendía la computadora y perdía el tiempo en diversas materias o leía la novela que estaba leyendo o las colecciones de cuentos o estudiaba matemáticas, algunos días llegué a estudiar cuatro horas matemáticas en la mañana, leí unas veinte páginas en teoría y hacía ejercicios. Esos días, al llegar el medio día, me sentía un poco más útil. Casi todos los días tuve que hacer parte del almuerzo, el almuerzo casi siempre fue: arroz con algo y ensalada. El algo podía ser frijoles, lentejas o garbanzo. La ensalada varió en combinaciones del pepino, el tomate rojo y verde, la cebolla, la zanahoria y el aguacate. Siempre le agregaba limón y pimienta. Nunca le agregaba sal porque no me gusta la sal. En la casa siempre le echaban sal a mi comida. Algunos días hacía pastas con atún que es mi plato favorito y el que mejor me queda. Por iniciativa mía empezamos a jugar con la cocina en la casa: compramos brócoli y perejil liso. El perejil liso queda delicioso con el tofu, el atún y los champiñones, pero acá no compran champiñones ni tofu. El brócoli fue más familiar y lo hacíamos con verduras como calabazín, habichuela y zanahoria. A veces compraban salmón y le agregábamos salsa teriyaki, ese sí que me gusta. Me gustaba el plato del salmón con teriyaki junto con las verduras y el puré de papa que tenía mostaneza y queso parmesano. El queso parmesano es muy importante en las pastas con atún. El jugo casi siempre era limonada de panela que mi mamá odia porque le recuerda su niñez. A mi me encanta porque es bálsamo en este clima tan cochino. Otros días maracuyá que también quedaba bien en toda la comida. Los días sin calor no quedaba bien los anteriores y yo abogaba por la curuva. El almuerzo era un periodo de dos horas y algo más que iniciaba a eso de las once y treinta y finalizaba pasada las dos de la tarde. Ahí compraba lo necesario, cocinaba, comía y descansaba con mi mamá y el perro. Después de esa hora veía televisión, casi siempre deportes. Me animaba ver fútbol, la champions league y la europa league pero me saturaba pasar todos los 90 minutos viendo el partido, a veces aprovechaba el entre tiempo para ir a lavar los trastes cuando me correspondía. Cuando no veía fútbol hacía algunas diligencias encargadas por mamá y en los mejores días leía algo de algún libro. Ya pasadas las cuatro de la tarde y llegando a las cinco me cambiaba y me convertía en ciclista pre amateur. El ciclismo siempre fue una prueba de voluntad, creo que por eso elegí ese deporte. Porque es una prueba de voluntad y disciplina, una puebla de soledad y de capacidad de sufrimiento. Yo, que no hago valiente hazaña, muchas veces cuestioné el hecho de salir, el hecho de pedalear. Y en esa disputa mental me enfrascaba para siempre doblegar al perezoso, al ocioso, a la basura pesada. Esa era la verdadera misión que tenía cuando subía al sillín, era una auto prueba que quería hacer diaria. Ir, y además de ir, ir bien, locuaz, rápido, esbelto. Como Coppi en el Col d’Izoard. Esta batallita que tenía (que tengo) conmigo mismo se concretaba con la sombra de las farolas que están en los postes de luz, cuando había postes de luz. O cuando el atardecer llegaba y el sol me tomaba de perfil. Ya sé que esta historia se ha contado muchas veces pero yo tengo que contar la mía. La mayoría de las veces estaba solo, miraba para atrás y miraba para adelante y sólo estaba el camino. Sólo contra el camino, sólo contra la hermosa carretera que me da todo. Lo único que se movía era la sombra que nunca pasaba, que nunca alcanzaba, que nunca tocaba. La irrespetuosa que me arremedaba  que se burlaba de mi cansancio. Casi siempre luché solo con ella y esa lucha fue la más hermosa de todas. Yo sólo tenia de elegir dos rutas, bueno, realmente tenía cuatro pero dos estaban descartadas totalmente. Las descartadas eran descartadas porque la vía tenía mucho hueco y mi llanta veintidós vivía de pinchazo en pinchazo, también porque las rutas eran muy delgadas y no estaban demarcadas por lo tanto la probabilidad de darme contra un camión aumentaba y yo no quería morirme todavía. La descartada del norte daba a El Llanito, un lugar “turístico” donde se come pescado y hacía un puente dañado que comunicaba con Puerto Wilches. En ese camino queda la represa donde la gente se baña y se ahoga como que cada mes, la vez pasada fue un vecino que está a unas cuatro casas. Por ese camino también hay muchos pozos y empresas, el camino no está completamente pavimentado y no aguanta meter por ahí a Soraya. La otra descartaba era la vía hacia el centro de Ecopetrol, la que pasa por el Aeropuerto. Esta tenía lo mismo: delgada y con marcación deficiente más la huequera. Sin embargo esta la tomé algunas veces de vuelta cuando iba hasta la carretera Panamerica. Estas dos rutas eran frecuentados por los MTB, con los cuales nunca hablé. La del norte pasaba por unos barrios con mucho ladrón suelto así que también temía por mi bicicleta. ¡Que me la iban a robar! Si había vendido una guitarra, un amplificador, un arpa, había trabajado en diciembre y había aguantado hambre para tener esa bicicleta que tanto quiero. La ruta que más tomaba era la que daba a Yondó. Yondó ya es Antioquia pero sólo por geografía y por arribismo. Allá en Yondó quieren copiar lo traqueto y arribista de Antioquia. Sabiendo que son más de acá que de allá todos son hinchas del Nacional de Medellín, todos tienen el cantado paisa al hablar y creen que son la chimba. Estos paisas, no tienen vía a Medellín y tienen que pasar por todo el Magdalena Santandereano para ir a Medellín. Esa es otra cosa que me gustaba de ir por esa ruta: el Magdalena. Y más que eso: el Magdalena a través de un puente. Ver el glorioso Magdalena por la única subida que tenía que hacer, a veces quería ser como Alberto Contador y subía de pie del sillín, danzando al Magadalena, otras veces como Christopher Froome y daba largos pedalazos y tenía cemento en el culo. Bueno empezemos en orden: primero era salir de Barrancabermeja, eso lo hacía hacia El Club Infantas, después de eso sólo queda una ruta, no se pierde nadie porque sólo hay una, pasaba por una glorieta para llegar al puente, después del puente la ruta era casi recta hasta llegar a una división con policía acostado y pare, en esa tomaba hacía la derecha y ahí estaba solo, ahí era la batalla. Después de eso pasaba por algunas casas  y daba la vuelta para tomar la ruta que omití en la Y, por esa volvía, esa sí que era absolutamente recta, por ahí no se subía ni se bajaba ni se doblaba. Después de eso la misma ruta de ida. Yo creo que ya he hecho esta ruta unas cien veces, y la podría hacee otras cien veces.

Hoy dizque juega la selección Colombia y ya andan con pólvora y cornetas todos los hijueputicas. Malparidos, que se metan su cornetica por la estrellita que se les forma en la comisura de entre las nalgas. Si fuera Sandókan de verdad me compraría una sniper rusa y me pondría a tirar plomo por la ventana cuanto bulloso pase. Y ya no más porque me cogió la tarde para hacer el almuerzo.

 

 

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vii.

Hoy maté un Aedes aegypti. Un raquetazo eléctrico lo dejo rostizado. Eso fue hace unos minutos. Hoy también fui al Distrito Militar. Antes de entrar al recinto, mientras esperaba sentado en el piso junto a la puerta, un soldado vio que estaba leyendo. Yo estaba leyendo Palinuro de México de Fernando Del Paso. El soldado se acercó y me preguntó de qué se trataba el libro. Yo le comenté que era sobre México, sobre la vida de un estudiante de medicina que fornica de todas las formas posibles con su prima. Él respondió si se trataba sobre los “narcos nazis”. Sí, eso fue lo que dijo. “Narcos nazis”. No sé como llegó a esa conclusión o esa asociación. Yo le pregunté por qué decía eso, qué tenía que ver eso con estudiar medicina y cuál era la relación que tenía el nacionalsocialismo con narcotraficantes de México. El se reía. No sé si estaba drogado o si era un total bastardo. Drogado de naturaleza. Y ese es el típico soldado raso que está dando vueltas por todo el territorio nacional. Habían muchos soldados en la puerta porque la entrada principal no funcionaba. Entre ellos vi a dos soldados que estaban preparándose para hacer el noble oficio de paletero -el que con una paleta que dice “pare” en color rojo y del lado contrario “siga” en color verde, dirige el tráfico que se aproxima-. Estaban con el pelo típico del soldado: la uno o la dos. Los dos eran morenos casi negros y de estatura mediabaja. Y ese es el típico soldado raso que está dando vueltas por todo el territorio nacional. Estaban tratando de arreglarse con las prendas de paleteros del ejército nacional. Básicamente un chaleco y dos protectores que se usan en cada canilla, los dos de color naranja y con reflectores. El problema surgió al arreglar el chaleco. No sabían como unir el velcro que ataba el espaldar con el frontal del chaleco. Estaban absolutamente perdidos. Y yo dejé la fiesta en al Plaza Santo Domingo por detener la mirada en esa misión de inteligencia militar. Estaban perdidos y absolutamente conscientes de su retraso. Se reían sacando la cabeza del chaleco donde debería ir su brazo derecho – o izquierdo-. Decidieron unir primero el velcro y después sí insertar sus cabezas dentro del chaleco, pero una vez la cabeza adentro no pudo entrar su cuerpo que deshizo la unión pues el cuerpo ocupa mayor dimensión que la sola cabeza. Después de unos dos minutos lograron arreglarse el chaleco y partieron a la esquina para cumplir su trabajo. Y ese es el típico soldado raso que está dando vueltas por todo el territorio nacional. También estuvo algún tipo de líder o jefe parqueado a la entrada. Este soldado no tenia ropa de soldado, todo lo contrario, tenía ropa de civil. Y tenía una moto de civil. Sin su ropa de soldado nunca lo tomaría como soldado y sin el miedo que le mostraron los otros soldados nunca lo hubiese imaginado jefe de algunos soldados. Él ordenó algunas cosas del ingreso de automóviles y motocicletas al batallón, pero pronto se puso hablar de marihuana. Parece ser un tema recurrente en el batallón. Y además de recurrente, parece ser un tema festivo. Feliz. Los soldados perdieron el miedo al empezar el tema de la marihuana y sonreían haciendo diversos comentarios con su jefe vestido de no soldado. Los soldados paleteros y soldados porteros no dejaban de reír. Ya quisiera yo conocer como es el humilde comercio de marihuana en el batallón. ¿Tendrán su matica, su sembradito dentro del batallón? ¿O se la traen a domicilio? ¿Quién la vende y como la distribuyen? ¿Diario o mensual?  Soldado Benítez, ahí tiene su marihuanita, espero que le alcance para lo que queda del mes y no se la esté robando a Gómez como el mes pasado. Claaaaro mi primero. Tal vez todos los soldados, o los que vi hoy, están enmarihuanados, o drogados de naturaleza.  Y ese es el típico soldado raso que está dando vueltas por todo el territorio nacional. Yo sabía que era un Aedes aegypti por su tamaño y sus colores. Ahora como son famosos uno los puede reconocer y llamarlos como de verdad se llaman. Yo nunca había matado un mosquito tan grande. Basto con un toque para que cayera el infeliz, arrastrado por la hermosa gravedad que nos tiene a todos arrastrados en la tierra.

vi.

Hoy en la mañana volví a sorprenderme de la fuerza brutal colombiana. Hay un espíritu de vida tan loco y descontrolado que parece desbordar cualquier juicio. Y es que hoy en la mañana me encontré con una escena absolutamente inesperada. No eran más de las seis de la mañana, yo estaba manejando a una cuadra de mi casa y justo cuando paré a la señal pasó un carro gris, un Chevrolet Spark iba a velocidad media volteando hacia el norte del pueblo rumbo a quién sabe donde. En ese momento la vi. Una muchacha iba con medio cuerpo afuera. Sentada en la puerta del copiloto, como si de un caballo se tratara, llevaba una pierna dentro y otra afuera del auto, su cabeza afuera mirando el camino, un brazo apoyaba su cuerpo para no caer. La mujer tenía el pelo largo y suelto. No pude ver su rostro, sólo la vi, o sólo la recuerdo de espalda, su piel era morena, pero no ese moreno oscuro, ni si quiera canela, era un moreno muy leve, un moreno trajinado, un moreno de encierro, un moreno singular, el moreno mojado por la primera luz. Como digo, iba sentada en la puerta como si de un caballo se tratara. Su pelo largo y liso no me dejaba avisar sus pechos. Parecía estar desnuda. Estaba desnuda. Usaba una pantaloneta corta color rosado. Y ahora no recuerdo mucho si llevaba zapatos, probablemente no. Tal vez por sus piernas era una mujer de estatura media. Todo muy mediano. Iba yo manejando y veía a esta mujer y me tocaba los ojos porque pensaba que todavía estaba dormido. Sólo había dormido unas cuatro horas y me había costado levantarme. Pero no, parece que fue real, era muy real. Sin embargo no me atrevo a decir mucho sobre las causas que llevaron a que esa muchacha terminara en mi pueblo pasando por el mercado municipal El Azulejo a las seis de la mañana montando la puerta de un auto gris. No era un secuestro ni estaban prófugos. El automóvil iba a una velocidad normal, incluso frenó ante las maniobras de parqueo hechas por un camión. Además, la mujer siempre miraba al frente, parecía no preocuparle su curiosa posición. Miraba al frente como quien sabe a dónde va, como el que se sabe el camino de memoria. Tal vez fue sólo una mujer que pasó la noche con un hombre, ahora parecía que el sol despedía la noche y ellos debían terminar, así que ella le dijo simplemente que dieran una vuelta por ahí y que quería ir sentada en la puerta mostrando los pechos. O no. O sí. Yo no sé. No entiendo. Y como no lo entiendo lo voy a tomar como un hecho milagroso. La vida loca de Colombia que todos los días está llena de milagros y de hechos absurdamente magníficos. O no.

v.

Mi abuela fue quién enlocó a mi tío, eso fue porque nunca lo dejó tener mujer. Él trabajó y estaba empezando a organizarse, pero siempre que mi abuela lo veía con alguna mujer lo zarandeaba hasta que las aburría. Antes de eso el estuvo de empaquetador en la fábrica Almendra Tropical, eso todavía está. Él era bien, vestía de blanco todo, hasta los zapatos y era bigotudo. Esa era la época en que se le hacía caso a los abuelos, ella le decía que todavía no estaba en edad para esas cosas. Cuando le pagaban el entregaba su sueldo a la abuela, a la casa. Con la primera cosa rara que salió fue que iba a sacar de una radio RCA Victor, de esas antiguas y largas, dos mismas. Y empezó a desarmarla. Esa fue la primera vaina rara. Después dijo que de la radio RCA Victor iba a sacar cinco radios iguales. Para ese entonces ya había perdido el trabajo, ¿quién sabe con qué habrá salido allá?. Aparte de eso se volvió agresivo, a mi me quería matar, nunca me quiso. Me decía que yo era “el aparecido”. ¿Y usted qué edad tenía papá? preguntó Armando hijo. Yo tenía ocho años. Se torno tan grave la cosa que tenía que dormir entre mi abuelo y mi abuela para que durante la noche el no me cogiera desprevenido. Esas noches él se la pasaba dando vueltas en la casa buscándome. Se puso tan cruda la vaina que le hicieron un cuarto en la casa sólo para él, eso parecía era un calabozo. Una vez empezó a rasgar las tejas porque quería volarse, lo tuvieron que amarrar. Así estuvo hasta que llamaron a un señor que hacía rezos y curaciones, era de la alta Guajira. Él fue a la casa a verlo y dijo que lo que tenia, era de naturaleza, que no le habían hecho nada. Pero que también tenía otra cosa, que tenía muchas lombrices adentro. El señor ese dejó un remedio para que lo limpiaran y al poco tiempo que le dieron eso el comenzó a botar paladas de lombrices, era ver a mis primas recogiendo por toda la casa paladas de lombrices. Eso sí, el guajiro advirtió: o se recupera o se muere. A los pocos días dejó de botar lombrices y se quedó quietico, no se movía ni decía nada. Como a los quince días que dejó de botar lombrices, cuando lo estaban bañando, se murió. Sus ojos estaban cerrados, el sol de Barranquilla lo mojaba mientras era llevado por el agua del lavado y no sé cuál mujer de la casa le limpiaba los parpados mientras que otra lo sostenía. El nunca los abrió más. Estaba muy blanco pero no sé porque se me pareció como a un ángel mientras que ya dormido, mojado y alumbrado por el sol de Barranquilla se murió. Estaba muy bonito, se veía muy bonito justo cuando se murió. Eso fue algunos meses antes que mi abuelo se muriera. Mi abuelo era el único que me quería, él era mi único apoyo. Mi tío se llamaba Carlos, así. Carlos Figueroa Cabrera. Él murió en los primeros meses de 1948, el año que mataron a Gaitán. Yo creo que fue en abril o en mayo del 48. Mi abuelo murió el 31 de diciembre del año 48. Pasamos la fiesta de fin de año velándolo. En esa época qué funeraria había, todo era en la casa. Y sonaban los equipos, la música y la fiesta. Una vecina fue a la casa y le dijo a mi abuela que le daba mucha pena y que sentía mucho la muerte de mi abuelo pero que ella iba a poner su música. Mi abuela no le reprochó y le dijo que claro, que todo continuaba y que mi abuelo no le iba dañar la fiesta a nadie. Pero claro que fue gente a ver a mi abuelo, fueron varias personas. Mi abuelo murió el 31 de diciembre de 1948, mi tío murió ese mismo año y estaba loco, mi tío me quería matar. Mi abuelo era el único que me quería y  desde el día que murió  la cosa cambió mucho en mi casa.