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Hoy volví a la Ciudad Blanca. Volví a la Universidad Nacional de Colombia, volví a ese hermoso Campus en el que he vivido los últimos dos años. Venía del norte, como siempre, y tomé el transporte hacia el sur. No bajé en la estación Universidad Nacional, fue en la anterior. Caminé por el barrio Nicolás de Federmann, por sus calles que son como laberintos, pasando por andenes que están entre casas donde en cada metro uno piensa que se le va a parecer algún hijueputica a violentar. Pero no. El barrio Nicolás de Federmann aparenta ser un lugar muy tranquilo, con mucho verde y muchos vigilantes. La mayoría de casas tienen pegado a la ventana el anuncio de seguridad privada. Se armaron las convivir. En este barrio hay casas muy grandes, casas enormes. También hay algunos edificios recientes. Antes de llegar pasé por un parque, pues a ese lugar me llevaron las calles de laberintos. En el parque habían varias personas ejercitándose y varios perros en convención. Esas personas que sacan sus perros a las cuatro de la tarde de un martes y se reúnen a conversar no sé si  sacan a sus perros o los perros los sacan a ellos. Hay algún tipo de simbiosis. Que felicidad causan los perros, es el amor más puro sobre cualquier amor. Comí un banano y una bolsa de maní con pasas y seguí caminando hacia el sur. Finalmente crucé el puente y entré al campus. Caminé por el edificio de genética, pase por el colegio, después el Observatorio Astronómico Nacional y seguí por el sendero que lleva a Química. Todavía no quiero entrar a ese edificio.

El campus sigue igual. Con las mismas personas. Los estudiantes de Maestría en Química cursando su materia favorita: cigarrillo, tinto y cháchara. Igual seis meses no es mucho tiempo, realmente es nada, pero yo contaba la ausencia en eras geológicas. El mismo profesor fantoche discutiendo con su pareja en pleno campus.  Siempre que llego al campus, el también llega. Estamos como sincronizados en la llegada. Creo que lo he visto más veces en el camino hacia el edificio de química o a la zona de Ciencias-Ingeniería que cuando estuve en su clase. El profesor fantoche, a pesar de que tiene un morral, siempre lleva varios libros y cuadernos en sus manos. Pero son tantos que no lo sospecho como una lectura ocasional en el transporte público. En el transporte público difícilmente se puede leer un libro de formato tipo Debolsillo. El profesor fantoche no le gusta vestir de negro. Le gustan los colores amarillo orín, gris gris, blanco cama de hotel, a veces azul con gris, pero no el negro. El profesor fantoche jura que es un profesor. Pero el es sólo un malnacido. Y no lo digo con rencor causado por algún ataque a mi promedio, no, para nada. Mi dolor es que usa una pedagogía barata, una enseñanza facilista. Una visión pobre de cada tema. El peor crimen que puede hacer un profesor es hacer creer (y creerse él) que está enseñando de verdad, que lo que transmite, lo que habla de verdad tiene el rigor y la formalidad que merece. Yo por eso no soporte nunca sus clases, esperaba a la salida y copiaba algunos apuntes. No soportaba dos horas siguiendo el circo de una enseñanza falsa. Pero bueno, yo no quiero hablar de ese señor que ojalá se jubile. Yo quiero hablar de el campus y mi reencuentro. Y tampoco quiero decir mucho.

Para describir el campus de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá tendría que componer una sinfonía heroica, pero yo no sé componer y ya se me está olvidando hasta leer las partituras. Toca conformarse con teclear. Para hablar del campus primero tendría que hablar de Bogotá, pero esa es otra historia larga. Sin embargo puedo decir que el campus, la Ciudad Blanca no se podría entender ni tendría el mismo espíritu si no estuviera en Bogotá. Bogotá tiene esa atmósfera sombría, lúgubre, miserable, desolada y hasta cochina. Ese ambiente gris que todo lo permea, una densa capa de maldición baña toda la ciudad, una lluvia color nostalgia acongoja la ciudad, acongoja la vida de Bogotá todos los días.  Pero esa energía todo destructora reacciona magníficamente cuando llega a esos edificios blancos ideados por Karsen y hechos por Rother. Esos amplios espacios verdes, esos árboles altísimos que a veces invaden saltimbanquis y mariguanos. Esos espacios verdes que a veces parecieran bosques que se prolongan infinitamente, bañados por Bogotá.

Después pasé por el rebautizado edificio Yu Takeuchi, mi nueva casa. Caminé por bellas artes y música para finalmente volver a ver la Plaza Central. Entré al León de Greiff, sólo por mi deseo de ver libros de la Universidad. Maldita sea que compre más libros. Me llevé todo lo que había del profesor Fernando Zalamea (un libro me constó mil pesos) y un libro de literatura que recomendó Carolina Sanín. Ya estaba la noche abrigando el campus y tenía que ir a la casa de los hermanos maricas costeños. Salí por el hermoso sendero que tiene techo de arboles. El sendero que pasa por el edificio de música y por el Museo.

Antes de que la noche silenciara a la Ciudad Blanca salí con el deseo de vivir ahí, de quedarme toda la vida en ella. De graduarme, de viajar y volver, de recorrer todo el mundo y todos los idiomas para volver a la Ciudad Blanca y que el día que me muera sumergirme en el espejo de agua del edificio de Salmona. Si algún día la fortuna me sonríe poder enseñar ahí, poder trabajar ahí, poder investigar ahí. Vivir con ella. La Ciudad Blanca que ha sido testigo de toda mi dicha, de mi dicha absoluta, de mi sorpresa infinita con las palabras y las narraciones fantásticas de profesores geniales. La Ciudad Blanca que ha sido confidente del amor. Y confidente de la desgracia. La Ciudad Blanca que observó como caí, lentamente, silenciosamente y sin testigos salvo ella.

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Manta invisible que bailaba en el atardecer cuando ya todos se iban y ni la filarmónica estaba. Recorriendo la casa de filosofía y caminando por el campus desierto. Rayando en negro palabras de un hombre triste lejos de su casa. Buscando en la rosa de los vientos el lugar que vigila atrocidad. Caminando, caminado sobre las formas cúbicas. Colgado a cada hoja, gritando como el saltamontes. Que no venga nadie, que estoy reculando sobre la Ciudad Blanca. Mi planeador azul vigila cada espacio y cada silencio. Se encarga del hogar fantasmal de mis muertos elegantes. Salgan, salgan todos y abracemos el paraíso. Que su sangre, su frío, su partida no dejará marca. Rodeando la casa y deslizándose sobre la nube triste de la omisión.

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