xxii.

No estoy seguro de cuándo regreses pero tienes que venir cuanto antes. Yo sé que siempre cuando no estás te escribo lo mismo: que vuelvas rápido. Pero esta vez es en serio. En el Museo Nacional hay una exposición de Lorenzo Jaramillo. ¿Te acuerdas de él? Yo te envié Nuestra Película, el documental de Luis Ospina sobre él. El documental que tiene una galería con tus apellidos. Te lo envié en uno de tus tantos viajes, creo que fue en diciembre del 13′. Yo estaba visitando mis tíos en Casanare, me la pasaba todos los días viendo películas acompañado de Fito, el galgo blanco que está sordo. ¿Ya lo recuerdas? Yo te enviaba fotos en blanco y negro de Fito, también tomaba fotos de los afiches de la casa de mi tía, habían muchos de New York. Creo que tu estabas en Miami, no estoy seguro, sólo recuerdo que estabas lejos. Yo conocí a Lorenzo cuando a mi primo le diagnosticaron VIH. Todavía recuerdo esa noche, mi cuarto estaba seco y desértico, creo que llovió en el pueblo y por unos minutos lloré mientras sonaba La miseria humana de Lizandro Meza. Ya sé muy bien que a ti no te gusta esa música pero yo la llevo en el corazón, la llevo en el recuerdo y en la nostalgia. Mi tía fue la que me habló de Lorenzo y yo lo busqué. El documental lo vi en una tarde calurosa de los llanos orientales colombianos. Tu estabas en el norte. Vuelve rápido que está fechada para el 25 de septiembre. Después te jodiste, te quedas sin ver a Lorenzo. Yo fui con una compañera de la casa que se llama Miriã, es de Brasil. Sin embargo estaba como apurada y no pude detallar y acercarme como quería. Me gusta tu paso, tus pausas y tu cadencia. Yo tengo la misma relación y por eso me gusta ir contigo al museo. Ese día compré una revista de la exposición y ahora la estoy leyendo. Por eso te escribo. La verdad, todas las palabras se pueden ir a una bolsa y después la bolsa en la basura. Tener las obras más grande que la palma de la mano es reconfortante. Por aquí dice que a él le gustaba mucho Erik Satie y ayer justamente leí nuestra correspondencia sobre Erik Satie, era como nuestra condición para el enamoramiento. Era nuestra propiedad transitiva, hecha antes de encontrarse, de fijarse. También hay algo de Talking Heads. Yo sé que hace un año y nueve días no nos vemos ni hablamos, pero tu sabes que yo no soy orgulloso y que me parece más importante que vengas para no perder a Lorenzo. También te escribo para decirte que no era mentira todo lo que dejaba entre líneas mientras hablabamos sobre Erik Satie. Todo sigue igual. Tal vez crece y pesa cada día más.

Vuelve pequeño gusano macilento rompecocos.

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xxi.

{una nota suelta de una entrevista}

Darwin hizo su famoso viaje en el Beagle alrededor del mundo, que duró cuatro años, uno de los cuales lo pasó en la Patagonia. Allí, en el extremo sur, detrás del canal que ahora se llama del Beagle, está la Tierra de Fuego. A los indígenas se les llamaba fueguinos. Darwin los visitó y se quedó horrorizado por su crueldad. Dentro de su propia familia se ayudaban unos a otros, se querían, eran tiernos y solidarios. Pero cuando tropezaban con alguien de otra tribu, inmediatamente se liaban a golpes. Al perdedor se lo llevaban arrastrado por los pelos a casa, donde lo entregaban a los niños para que se divirtiesen sacándole los ojos. No les daba la más mínima pena y se reían cuando la víctima chillaba. También le había impresionado el maltrato que se daba a los esclavos en Brasil. Darwin llegó a la conclusión de que la compasión solo se aplicaba originariamente a los parientes más próximos. Sentíamos su dolor como nuestro, pero no el de los otros. Con los demás había una relación de guerra casi constante. Decía Darwin que el progreso moral posterior había consistido en la expansión del círculo de la compasión para abarcar primero a los vecinos, luego a los de la misma etnia y más tarde a los del mismo sexo, o raza, o país. Pensaba que esta expansión debería continuar hasta llegar a su lógica conclusión, es decir, hasta que el círculo de la compasión abarque a todas las criaturas capaces de sufrir.