xxxvi.

Ayer mientras salía de buscar el libro sobre permutaciones, vi a la mujer con las nalgas más hermosas de la historia de Jesucristo. Iba pues, pasando la calle donde en la esquina queda una pollería. Mientras esperaba que pasaran los autos escuché un costeño vociferando su asombro e interés por los savants, todo lo que hablaba tenía que ver con los savants. De alguna forma, aquel hombre del litoral era un gran especialista genético-molecular respecto a los savants, y a la vez, activista por los derechos de los savants en la localidad de Teusaquillo. Esos son los misteriosos caminos del señor, tal como el misterioso (o mejor glorioso) que me llevo a las nalgas de María. Después de escuchar por unos segundos el mitin que organizaba el especialista, crucé la calle para tomar el puente rumbo a la universidad, pero me detuve absorto y confundido por aquellas formas sagradas, por aquellas figuras perfectas. Dios bendiga esta legión de agraciados prósperos que se parquean en todas partes con un carrito de presentación y una pinta de fiesteros a tratar de hablar de la palabra de Dios con el caminante de la calle. Aquel carrito se parquea desde hace rato en toda la entrada del puente, tal vez tratando de encontrar algún estudiante triste o solo para que a través de la palabra pudiese desgrajear su congoja. Pues yo estoy solo y triste así que había llegado la hora de encontrar la luz. Nunca me había animado porque, en su mayoría, el puesto era atendido por ancianas más del otro lado y eso era casi como hablar con un ángel, con una entelequia, pero hoy estaba María y toda mi panoplia contra la relgión cayó como ríos de agua viva. La acompañaba un hombre ya mayor y hablaban animadamente, así que caminé lentamente sin perder aquel tafanario de gloria señor y rodeé el puestico de Cristo, nunca pensé volver a sentir lo mismo: el pecado de Cristo llegó al crisol de mi ser. Sumatra que nunca había visto aquel arquetipo: sobre una larga falda color rosado se fundía aquella silueta monstruosa, a Dios gracias que estaba bien pegada y se le veía hasta el más oscuro secreto. Además de eso, una camisa del mismo color bordeaba sus pechos y se alzaban sobre el vacío físico, como dice la canción: cuando bailas la guabina/ con tu camisón de olan / hay algo entre tu corpiño / que tiembla como un volcán / es el volcán de tus senos / al ritmo de tu cintura. Sin duda alguna es la cristiana más hermosa que había visto en carne, carne del pecado. Como estos días el sol está disqueando todas las capas de la piel, sobre el puestico, ayuda del vendedor, se parqueaba un sombrillón para proteger. Su pelo color café, café empastadura de biblioteca me daba sensación de cuchumbo saciado, ay María que quiero estar contigo a ultranza, sacrificar mi duda por tu sonrisa. Rodeando como zopilote violento me aproximé a su rostro y con precaución iba acercándome ya sin más excusa. Sus gafas de sol hacían más difícil la identificación de aquellos ojos. No podía más, ahora yo era la presa, y ese hermoso culo la gran carnada. Ahora no, siempre lo fue. Entonces fui hacia ella, hacía María y como estos días iba de Jueces en Jueces le expuse mi pequeña hipótesis: Jonatán, el hijo de Saúl, era el mozo de David y por eso Saúl quería matarlo. Básicamente: en las altas esferas monárquicas del reino de Israel primitivo había un trío amoroso homosexual incestuoso. Naturalmente su estupefacción fue mayúscula, por no decir más el rostro del anciano acompañante era de enojo y sorpresa pasiva a la vez, ella me preguntó mi nombre y le respondí que Juan como el evangelista y que mi segundo nombre era Sebastian como el mártir. Le pregunté el suyo. Su rostro limpió mi deshonra: sobre su boquita se refragía una carrilera de dientes porcelana y sus labios eran vía hacia la salvación eterna, la cama de mi bastión carnoso. Ay María sólo la pasión de Cristo podría llegar a este momento culmen de cuando te conocí. Después de calmar un poco mi excitación y nerviosismo, pues mi nombre es Juan pero no soy un Don Juan, ella me dijo que su interés y lo poco que sabía no involucraba el antiguo testamento, pero que notaba una curiosidad fuera de lo común en mi personita. Ay, nunca me habían dicho algo tan bonito. Por fin me sirvió de algo mis reflexiones escatológicas bíblicas -ya que la linaza no funciona-. María me invitó a la iglesia, mañana domingo, el día en que Dios descansó de la creación. Yo sin duda acepté  y por primera vez le pedí el número a una  mujer, por si me perdía llegando a la iglesia, uno nunca sabe. Rápidamente sobre el papel parafinado de “La guía bíblica HERMANOS JACOBISTAS CARNE DE CRISTO” escribió su teléfono. Tomé el papel, me despedí sonrojado y alegre, humilde mi corazón. Iba mirando la ciudad, viendo la luz sobre los cerros, viendo las torres y viendo la claridad del cielo que era la claridad de mi ser después de conocer a María. Misteriosos son los designios del señor y si el camino de la salvación de Cristo viene dado por la voz, los labios, el cabello, los dedos, los pechos, las piernas y, como no, el trasero de María, desde hoy mismito ya soy un misionero de Cristo. Subiendo el puente coincidí con el mitin que se concentraría en la otra calle para la defensa de los savants, aquel hombre del litoral iba dirigiendo el grupo y me tomó por simpatizante, me sonrió y me dijo “Vamos mi hermano”, yo le sonreí y caminé con el número de María mientras que la tarde caía sobre la ciudad.

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