xxxvii.

Ayer fue la última vez que vi a la niña Adolfina Maidana. Ella me dijo que por fin podía irse para donde su familia, que ya no tenía que seguir merodeando Las Araucarias, que no tenía que seguir cuidando su casa de los gauchos bravos que la destruyeron, ni de los gallegos que hicieron de esa hermosa quinta el adefecio cúbico que hoy es. Me dijo que después de ver tanta gente pasar y tanto tiempo morir no necesitaba una razón más para quedarse, que ya nada le quedaba por hacer en la casa. Antes de irse me dijo que su abuela la quería llevar a Tucumán cuando cumpliera ocho años, que después iban a la Pampa, rumbo a Trenel, para que conociera de dónde venía media parte de ella, que la otra necesitaba un barco para encontrarla. Su mayor problema fue que nunca tuvo el don del olvido, pues el olvido es un día en el que vuelve la pureza. Yo la invité a quedarse un rato más pues su presencia en Las Araucarias me ayudaba a disipar cualquier hiena suelta que quisiera atacar las gardenias blancas. Le dije que algunos días el corazón se me licuaba, el cuerpo se me desvanecía y necesita urgente de sus ojos, los que le habían quitado antes de morir. Le dije que cómo hacía para ver con tanta claridad, y me dijo que había aprendido a ver con otros ojos, que después de muchas vidas había aprendido a sorprenderse con los sonidos y los olores, que el olor de la almendra y el sonido del primer motor le llegaron como caídos del cielo. Ella tuvo muchos animalitos, y esos animalitos son los que hoy escucho en la grabadora: los perros que se quejan toda la noche, los grillos que orquestan hasta la primera luz, el crujir del tejado cuando cae un gato trapecista. Son todos esos sonidos, los que suenan cuando tu voz no está, los que más me hacen extrañarte, esos sonidos me hablan de un lugar, del origen de sus formas y el movimiento de su tiempo, todo llevado a un cierto ritmo, un ritmo que está en consonancia con el tuyo. Y así también, tus suspiros, tus silencios, tu risa cayendo como el alcanfor sobre una tapia suelta, como la maza. Se me licúa el corazón y se me caen a pedacitos los días. Las bibliotecas cierran en la ciudad y dejo de ser lo que podría ser, dejo de vivir para extrañar, dejo de ver las hermosas estructuras para soñar con cada respuesta, cada palabra y cada momento. Volver. Adolfina se despidió sin decir más, con una sonrisa parabólica, ella me dijo que seguro se va a encontrar con su abuela, que fue la que la cuidó y le puso Adolfinita, ella estaba convencida de que todo le saldría bien al irse de Las Araucarias, yo no le dije nada, no le quiero dañar la felicidad. De alguna forma la ignorancia es un estado de gratitud primitiva. Estar feliz con la razón a la par es un trabajo extenso, tan extenso para ser llevado con la velocidad futurista de los días de este nuevo siglo, que hace poco inició y que ya mañana va a terminar. Desde que amaneció he visto al perro acostado frente a la ventana, ya no se mueve ni con el sonido de la puerta. Suspira, cambia de posición, mira el día pasar. No sé si ha comido, ni ha salido. Su mirada cónica busca el amo que se fue a probar suerte en la colimba, siguiendo la costumbre familiar. Camino por la casa y miro sus ojos claros, a sus ojos de perro triste. Glissando, glissando. Trato de entender qué siente realmente, busco la señal para dar el paso. Suena su quejido, la luz ya no está en la casa y no puede ocultar su miedo, su ansiedad. Las tardes sobre Revillagigedo también eran así, con algún animal solo, dando vueltas y esperando sobra la región más transparente. Adolfina partió al mundo después del mundo y ahora el perro está llorando, se queja de su soledad, de su hambre, de su vida taciturna y estática, de la espera milenaria. Siempre vuelve, le dicen al perrito, siempre vuelve, pero nada lo levanta ni lo calla. El quejido continúa y ahora se transforma en ladrido, se quiere hacer sentir. Ya llegaron los otros y le dicen: no estás solo perrito, no estás solo. ¿Qué pasa cuando está solo? Su tristeza le da sonida a la larga espera que llevo a Las Araucarias, o cualquier lugar donde esté ella lejos. Sobre la ciudad todavía hay humo del estruendo, hay algo de miedo porque pensabamos que los días de la guerra habían terminado, también hay algo de ignoranica. Nuestra espera se alimenta de algo nuevo. Es el mismo sonido de todos los 19.

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