xxxviii.

Algunas veces he visto como caen los gigantes, como se retuercen los colmillos de marfil dorado y como la noche cae en silencio. Cuando llegó Mario le dije que ella no estaba en casa, él no preguntó más y asumí que daba todo por hecho. Al caer la noche, las montañas abrieron la escondite de unas nubes que sacudieron el pueblo entero. Mario no había salido de su habitación en toda la tarde y yo esperaba que ella volviera, o eso parecía hacer. Después de que Mario entró fui al ático, tomé la silla del escritorio de estudio, apoyé mis codos sobre el alféizer y miré la calle que daba a la Avenida Rojas. Me gustaba mucho ver lo que las personas hacían mientras no pensaban en que eran observadas, esos pequeños gestos que cada uno tiene y que ninguno se da cuenta. Para continuar con la espera tomé un par de hojas del escritorio y dibujé. Me gustaba pintar mujeres antiguas aspirando rapé pero nunca me quedaba bien la anatomía y terminaba haciendo pequeños monstruos que se perdían entre la vulgaridad. Mario solía encerrarse y no salía nunca de su habitación (salvo para salir de la casa). De su habitación me llegaba el humo de algún incienso extraño traído de Inzá por Surí, su nuevo mejor amigo. Mario para esos días era un estudiando de derecho, dedicado por completo a la interpretación factual de los códigos en la ley imperante, pero todos sabíamos que en su habitación se encerradaba a leer y a escribir. Nunca quizo aprender sobre leyes, él nos decía que la gran caída estaba por llegar y que perdía el tiempo aprendiendo leyes que en poco ya no serían leyes, sino historia de las leyes, que estaba preparándose para las nueves leyes del país. Me gustaba escuchar las razones de Mario, aunque sabía que eran solo inventos para justificar sus actos, creía en lo que contaba porque me divertía y me llenaba de una vaga ilusión sobre el futuro.

Desde que se fue yo sabía que no iba a volver, pero estaba en la ventana en caso de que Mario saliera de la habitación, no quería que su ausencia ocupara más lugares de la casa. Mario sabía muy bien que desde siempre yo estaba muy pegado a ella, parecía que el cemento umbilical me había hecho más que un espectador de su vida, un fanático. Me gustaba cada cosa que decía y cómo la decía, sobre todo, cómo la decía. Tenía una forma muy bella de cantar las palabras, un acento que me recordaba la cordillera de los Andes en su parte Boliviana, me hacía pensar en las tardes de Cochabamba y las carreteras hacia La Paz. Finalmente, al llegar la media noche fui por un pastelillo a la cocina, ella siempre nos dejaba un plato cubierto con una campana de plástico con algún detalle para nosotros, siempre fue una persona muy atenta. Tomé agua y subí con el pastelillo, ella me hubiera protestado por no lavarme las manos antes de comer y por subir comida al ático, decía que eso llamaba las cucarachas. Pasé como un fantasma flotador por la habitación de Mario, estaba apagada la luz, pero yo sabía que se acostaba en la cama a la medianoche para prender la radio y escuchar los conciertos nocturnos de la Radio Nacional. Mario estaba convencido de que el camino directo a la iluminación iba por la música y escucharla a esa hora (y con la luz apagada) era una cuestión trascendente. Tanto era su celo por esa hora mística, que no utilizaba la luz eléctrica por miedo a que, en cualquier momento y con los frecuentes recortes, se quedara sin su música. Todos los días temprano, iba al centro del pueblo por baterías y siempre las utilizaba una sola vez, yo le reprochaba ese gasto innecesario pero muchos años después comprendí la importancia de aquel acto solemne y lo asumí como propio. Como decía, esa noche ya sabía que ella no volvería, que su determinación por irse no era tan grande como su deseo de no arrepentirse y por eso había elegido aquel lugar para alejarse. De alguna forma le protesté desde lo más profundo de mi corazón, le decía que no debía hacerlo, que no había necesidad alguna de que lo hiciera, que habían muchas razones para quedarse, pero había una suficiente (y eso no lo dije para no parecer vanidoso): yo la quería. Yo no estaba seguro de lo que ella pensaba, no puedo estar seguro pues ni ella lo estaba. Nunca me ha gustado hablar por los demás y creo que un acto muy grosero es usar el plural cuando uno simplemente tiene una opinión. Ella parecía sentir algo diferente, pero en sí, nada concreto. Ella tal vez me amaba con la cabeza y con alguna extensión indescifrable de su alma. Entonces todo esto me llevaba a conjeturar que sus decisiones más importantes las tomaba con otra parte de su cuerpo, pensé en sus pies, que sus decisiones eran tomadas con los pies, con el derecho o el izquierdo, o tal vez con los dos. O tal vez eran tomadas por el páncreas. Después dejé esos pensamientos candorosos y asumí su determinación con estupor y quietud. Pensaba que los últimos días con ella debían ser en paz. Algunos años después, cuando todo volvió a la normalidad y volví al pueblo, pasaba las calles en función de lo que había hecho con ella y me atormentaba tanto tiempo que desperdicié cuando ella no había llegado a tan terribles pensamientos. Esa noche yo sabía que ella no volvía, sabía que a Mario Rossen no le interesaba saber algo sobre ella, o tal vez él sabía que tanta felicidad en algún momento se convertía en pecado. Mario siempre supo todo. Me sorprendí poco después siguiendo en el alféizer, con un cobertor de terciopelo azul sobre mi cabeza, cubriendo mi cuerpo, ya la calle era un desierto y no estaba seguro si los que pasaban eran personas normales, locos, putas, ladrones o simplemente fantasmas. Estos ya no tenían movimientos propios de los humanos comunes, iban caminando de forma automática, inercial, como sobrecogidos por alguna pauta previamente establecida. Me sorprendí viendo cómo la esperaba sabiendo que no iba a volver, cómo ni el sueño llegaba ni llegaría esa noche esperando en vano verla caminar hacia la puerta de la casa. Después, mientras vi los primeros trabajadores saliendo hacia la parada del bus y sentí el haz del sol, pensé en aquellos días de la Ciudad de México, aquellas tardes en las que tomaba el ferrocarril las recordé como una vida prestada, aquel monumento de la industria me parecía el invento más grandioso de la humanidad desde la catapulta. Me parecía que todas la carrileras tan juntas y tantas a la vez formaban un código secreto para alguna entidad supranatural. Siempre llegaba temprano y siempre salía temprano solo para darle vuelta a toda la estación y pasar por los aparcaderos de las locomotoras, me gustaba el color naranja del metal oxidado, me gustaba ver esos arrumes majestuosos de chatarra. Cuando veía a los mexicanos con esos sombreros cónicos pensaba en que yo debía tener uno, pero mi respeto por ellos me lo impidió, al salir de México compre una réplica en miniatura con un ojal y un aro para servir de llavero. Si dejé la silla fue porque esa mañana debía ir a buscar el diploma de Sermina García-Robadilla, que me pidió que lo buscara y lo enviara a su pueblo. Eso me salvó, sin ese deber creo que hubiera pasado la mañana completa y quién sabe cuánto más esperando lo que no quiere llegar. Cuando salí de la casa llegó el sonido de los ferrocarriles y la imagen de aquella mujer con un paño de seda blanco que miraba a través de la ventana cómo la luz caía sobre el valle de México, tal vez la mujer más hermosa del mundo que he podido ver, parecía una escultura de Pisano. Su quietud y belleza le daban un sentido irremediable a su vista y su ingravidez en el vagón hizo que todos los presentes apenas hablaramos. Aquella mañana, al llegar al centro del pueblo, vi la rapidéz de la revolución, vi algunos celebrar y otros llorar de la felicidad, otros escapaban del pueblo, era una imagen apocalíptica, tomé un periódico que anunciaba la caída del régimen de Aconcagua y con eso, el fin del cerco de Magallanes. Olvidé por completo el diploma de Sermina García-Robadilla y la esperanza del regreso. Mario había predicho todo y con torpeza llegué a la visión de que la quietud en este mundo es una posición ausente y acosadora. Desde esa tarde dejé a Mario y dejé la casa. También dejé el país. Y lo primero que pensé fue en los ferrocarriles y el sonido de las locomotoras, o en el óxido dormido del valle de México.

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