xxxviii.

Algunas veces he visto como caen los gigantes, como se retuercen los colmillos de marfil dorado y como la noche cae en silencio. Cuando llegó Mario le dije que ella no estaba en casa, él no preguntó más y asumí que daba todo por hecho. Al caer la noche, las montañas abrieron la escondite de unas nubes que sacudieron el pueblo entero. Mario no había salido de su habitación en toda la tarde y yo esperaba que ella volviera, o eso parecía hacer. Después de que Mario entró fui al ático, tomé la silla del escritorio de estudio, apoyé mis codos sobre el alféizer y miré la calle que daba a la Avenida Rojas. Me gustaba mucho ver lo que las personas hacían mientras no pensaban en que eran observadas, esos pequeños gestos que cada uno tiene y que ninguno se da cuenta. Para continuar con la espera tomé un par de hojas del escritorio y dibujé. Me gustaba pintar mujeres antiguas aspirando rapé pero nunca me quedaba bien la anatomía y terminaba haciendo pequeños monstruos que se perdían entre la vulgaridad. Mario solía encerrarse y no salía nunca de su habitación (salvo para salir de la casa). De su habitación me llegaba el humo de algún incienso extraño traído de Inzá por Surí, su nuevo mejor amigo. Mario para esos días era un estudiando de derecho, dedicado por completo a la interpretación factual de los códigos en la ley imperante, pero todos sabíamos que en su habitación se encerradaba a leer y a escribir. Nunca quizo aprender sobre leyes, él nos decía que la gran caída estaba por llegar y que perdía el tiempo aprendiendo leyes que en poco ya no serían leyes, sino historia de las leyes, que estaba preparándose para las nueves leyes del país. Me gustaba escuchar las razones de Mario, aunque sabía que eran solo inventos para justificar sus actos, creía en lo que contaba porque me divertía y me llenaba de una vaga ilusión sobre el futuro.

Desde que se fue yo sabía que no iba a volver, pero estaba en la ventana en caso de que Mario saliera de la habitación, no quería que su ausencia ocupara más lugares de la casa. Mario sabía muy bien que desde siempre yo estaba muy pegado a ella, parecía que el cemento umbilical me había hecho más que un espectador de su vida, un fanático. Me gustaba cada cosa que decía y cómo la decía, sobre todo, cómo la decía. Tenía una forma muy bella de cantar las palabras, un acento que me recordaba la cordillera de los Andes en su parte Boliviana, me hacía pensar en las tardes de Cochabamba y las carreteras hacia La Paz. Finalmente, al llegar la media noche fui por un pastelillo a la cocina, ella siempre nos dejaba un plato cubierto con una campana de plástico con algún detalle para nosotros, siempre fue una persona muy atenta. Tomé agua y subí con el pastelillo, ella me hubiera protestado por no lavarme las manos antes de comer y por subir comida al ático, decía que eso llamaba las cucarachas. Pasé como un fantasma flotador por la habitación de Mario, estaba apagada la luz, pero yo sabía que se acostaba en la cama a la medianoche para prender la radio y escuchar los conciertos nocturnos de la Radio Nacional. Mario estaba convencido de que el camino directo a la iluminación iba por la música y escucharla a esa hora (y con la luz apagada) era una cuestión trascendente. Tanto era su celo por esa hora mística, que no utilizaba la luz eléctrica por miedo a que, en cualquier momento y con los frecuentes recortes, se quedara sin su música. Todos los días temprano, iba al centro del pueblo por baterías y siempre las utilizaba una sola vez, yo le reprochaba ese gasto innecesario pero muchos años después comprendí la importancia de aquel acto solemne y lo asumí como propio. Como decía, esa noche ya sabía que ella no volvería, que su determinación por irse no era tan grande como su deseo de no arrepentirse y por eso había elegido aquel lugar para alejarse. De alguna forma le protesté desde lo más profundo de mi corazón, le decía que no debía hacerlo, que no había necesidad alguna de que lo hiciera, que habían muchas razones para quedarse, pero había una suficiente (y eso no lo dije para no parecer vanidoso): yo la quería. Yo no estaba seguro de lo que ella pensaba, no puedo estar seguro pues ni ella lo estaba. Nunca me ha gustado hablar por los demás y creo que un acto muy grosero es usar el plural cuando uno simplemente tiene una opinión. Ella parecía sentir algo diferente, pero en sí, nada concreto. Ella tal vez me amaba con la cabeza y con alguna extensión indescifrable de su alma. Entonces todo esto me llevaba a conjeturar que sus decisiones más importantes las tomaba con otra parte de su cuerpo, pensé en sus pies, que sus decisiones eran tomadas con los pies, con el derecho o el izquierdo, o tal vez con los dos. O tal vez eran tomadas por el páncreas. Después dejé esos pensamientos candorosos y asumí su determinación con estupor y quietud. Pensaba que los últimos días con ella debían ser en paz. Algunos años después, cuando todo volvió a la normalidad y volví al pueblo, pasaba las calles en función de lo que había hecho con ella y me atormentaba tanto tiempo que desperdicié cuando ella no había llegado a tan terribles pensamientos. Esa noche yo sabía que ella no volvía, sabía que a Mario Rossen no le interesaba saber algo sobre ella, o tal vez él sabía que tanta felicidad en algún momento se convertía en pecado. Mario siempre supo todo. Me sorprendí poco después siguiendo en el alféizer, con un cobertor de terciopelo azul sobre mi cabeza, cubriendo mi cuerpo, ya la calle era un desierto y no estaba seguro si los que pasaban eran personas normales, locos, putas, ladrones o simplemente fantasmas. Estos ya no tenían movimientos propios de los humanos comunes, iban caminando de forma automática, inercial, como sobrecogidos por alguna pauta previamente establecida. Me sorprendí viendo cómo la esperaba sabiendo que no iba a volver, cómo ni el sueño llegaba ni llegaría esa noche esperando en vano verla caminar hacia la puerta de la casa. Después, mientras vi los primeros trabajadores saliendo hacia la parada del bus y sentí el haz del sol, pensé en aquellos días de la Ciudad de México, aquellas tardes en las que tomaba el ferrocarril las recordé como una vida prestada, aquel monumento de la industria me parecía el invento más grandioso de la humanidad desde la catapulta. Me parecía que todas la carrileras tan juntas y tantas a la vez formaban un código secreto para alguna entidad supranatural. Siempre llegaba temprano y siempre salía temprano solo para darle vuelta a toda la estación y pasar por los aparcaderos de las locomotoras, me gustaba el color naranja del metal oxidado, me gustaba ver esos arrumes majestuosos de chatarra. Cuando veía a los mexicanos con esos sombreros cónicos pensaba en que yo debía tener uno, pero mi respeto por ellos me lo impidió, al salir de México compre una réplica en miniatura con un ojal y un aro para servir de llavero. Si dejé la silla fue porque esa mañana debía ir a buscar el diploma de Sermina García-Robadilla, que me pidió que lo buscara y lo enviara a su pueblo. Eso me salvó, sin ese deber creo que hubiera pasado la mañana completa y quién sabe cuánto más esperando lo que no quiere llegar. Cuando salí de la casa llegó el sonido de los ferrocarriles y la imagen de aquella mujer con un paño de seda blanco que miraba a través de la ventana cómo la luz caía sobre el valle de México, tal vez la mujer más hermosa del mundo que he podido ver, parecía una escultura de Pisano. Su quietud y belleza le daban un sentido irremediable a su vista y su ingravidez en el vagón hizo que todos los presentes apenas hablaramos. Aquella mañana, al llegar al centro del pueblo, vi la rapidéz de la revolución, vi algunos celebrar y otros llorar de la felicidad, otros escapaban del pueblo, era una imagen apocalíptica, tomé un periódico que anunciaba la caída del régimen de Aconcagua y con eso, el fin del cerco de Magallanes. Olvidé por completo el diploma de Sermina García-Robadilla y la esperanza del regreso. Mario había predicho todo y con torpeza llegué a la visión de que la quietud en este mundo es una posición ausente y acosadora. Desde esa tarde dejé a Mario y dejé la casa. También dejé el país. Y lo primero que pensé fue en los ferrocarriles y el sonido de las locomotoras, o en el óxido dormido del valle de México.

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xxxvii.

Ayer fue la última vez que vi a la niña Adolfina Maidana. Ella me dijo que por fin podía irse para donde su familia, que ya no tenía que seguir merodeando Las Araucarias, que no tenía que seguir cuidando su casa de los gauchos bravos que la destruyeron, ni de los gallegos que hicieron de esa hermosa quinta el adefecio cúbico que hoy es. Me dijo que después de ver tanta gente pasar y tanto tiempo morir no necesitaba una razón más para quedarse, que ya nada le quedaba por hacer en la casa. Antes de irse me dijo que su abuela la quería llevar a Tucumán cuando cumpliera ocho años, que después iban a la Pampa, rumbo a Trenel, para que conociera de dónde venía media parte de ella, que la otra necesitaba un barco para encontrarla. Su mayor problema fue que nunca tuvo el don del olvido, pues el olvido es un día en el que vuelve la pureza. Yo la invité a quedarse un rato más pues su presencia en Las Araucarias me ayudaba a disipar cualquier hiena suelta que quisiera atacar las gardenias blancas. Le dije que algunos días el corazón se me licuaba, el cuerpo se me desvanecía y necesita urgente de sus ojos, los que le habían quitado antes de morir. Le dije que cómo hacía para ver con tanta claridad, y me dijo que había aprendido a ver con otros ojos, que después de muchas vidas había aprendido a sorprenderse con los sonidos y los olores, que el olor de la almendra y el sonido del primer motor le llegaron como caídos del cielo. Ella tuvo muchos animalitos, y esos animalitos son los que hoy escucho en la grabadora: los perros que se quejan toda la noche, los grillos que orquestan hasta la primera luz, el crujir del tejado cuando cae un gato trapecista. Son todos esos sonidos, los que suenan cuando tu voz no está, los que más me hacen extrañarte, esos sonidos me hablan de un lugar, del origen de sus formas y el movimiento de su tiempo, todo llevado a un cierto ritmo, un ritmo que está en consonancia con el tuyo. Y así también, tus suspiros, tus silencios, tu risa cayendo como el alcanfor sobre una tapia suelta, como la maza. Se me licúa el corazón y se me caen a pedacitos los días. Las bibliotecas cierran en la ciudad y dejo de ser lo que podría ser, dejo de vivir para extrañar, dejo de ver las hermosas estructuras para soñar con cada respuesta, cada palabra y cada momento. Volver. Adolfina se despidió sin decir más, con una sonrisa parabólica, ella me dijo que seguro se va a encontrar con su abuela, que fue la que la cuidó y le puso Adolfinita, ella estaba convencida de que todo le saldría bien al irse de Las Araucarias, yo no le dije nada, no le quiero dañar la felicidad. De alguna forma la ignorancia es un estado de gratitud primitiva. Estar feliz con la razón a la par es un trabajo extenso, tan extenso para ser llevado con la velocidad futurista de los días de este nuevo siglo, que hace poco inició y que ya mañana va a terminar. Desde que amaneció he visto al perro acostado frente a la ventana, ya no se mueve ni con el sonido de la puerta. Suspira, cambia de posición, mira el día pasar. No sé si ha comido, ni ha salido. Su mirada cónica busca el amo que se fue a probar suerte en la colimba, siguiendo la costumbre familiar. Camino por la casa y miro sus ojos claros, a sus ojos de perro triste. Glissando, glissando. Trato de entender qué siente realmente, busco la señal para dar el paso. Suena su quejido, la luz ya no está en la casa y no puede ocultar su miedo, su ansiedad. Las tardes sobre Revillagigedo también eran así, con algún animal solo, dando vueltas y esperando sobra la región más transparente. Adolfina partió al mundo después del mundo y ahora el perro está llorando, se queja de su soledad, de su hambre, de su vida taciturna y estática, de la espera milenaria. Siempre vuelve, le dicen al perrito, siempre vuelve, pero nada lo levanta ni lo calla. El quejido continúa y ahora se transforma en ladrido, se quiere hacer sentir. Ya llegaron los otros y le dicen: no estás solo perrito, no estás solo. ¿Qué pasa cuando está solo? Su tristeza le da sonida a la larga espera que llevo a Las Araucarias, o cualquier lugar donde esté ella lejos. Sobre la ciudad todavía hay humo del estruendo, hay algo de miedo porque pensabamos que los días de la guerra habían terminado, también hay algo de ignoranica. Nuestra espera se alimenta de algo nuevo. Es el mismo sonido de todos los 19.

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xxxvi.

Ayer mientras salía de buscar el libro sobre permutaciones, vi a la mujer con las nalgas más hermosas de la historia de Jesucristo. Iba pues, pasando la calle donde en la esquina queda una pollería. Mientras esperaba que pasaran los autos escuché un costeño vociferando su asombro e interés por los savants, todo lo que hablaba tenía que ver con los savants. De alguna forma, aquel hombre del litoral era un gran especialista genético-molecular respecto a los savants, y a la vez, activista por los derechos de los savants en la localidad de Teusaquillo. Esos son los misteriosos caminos del señor, tal como el misterioso (o mejor glorioso) que me llevo a las nalgas de María. Después de escuchar por unos segundos el mitin que organizaba el especialista, crucé la calle para tomar el puente rumbo a la universidad, pero me detuve absorto y confundido por aquellas formas sagradas, por aquellas figuras perfectas. Dios bendiga esta legión de agraciados prósperos que se parquean en todas partes con un carrito de presentación y una pinta de fiesteros a tratar de hablar de la palabra de Dios con el caminante de la calle. Aquel carrito se parquea desde hace rato en toda la entrada del puente, tal vez tratando de encontrar algún estudiante triste o solo para que a través de la palabra pudiese desgrajear su congoja. Pues yo estoy solo y triste así que había llegado la hora de encontrar la luz. Nunca me había animado porque, en su mayoría, el puesto era atendido por ancianas más del otro lado y eso era casi como hablar con un ángel, con una entelequia, pero hoy estaba María y toda mi panoplia contra la relgión cayó como ríos de agua viva. La acompañaba un hombre ya mayor y hablaban animadamente, así que caminé lentamente sin perder aquel tafanario de gloria señor y rodeé el puestico de Cristo, nunca pensé volver a sentir lo mismo: el pecado de Cristo llegó al crisol de mi ser. Sumatra que nunca había visto aquel arquetipo: sobre una larga falda color rosado se fundía aquella silueta monstruosa, a Dios gracias que estaba bien pegada y se le veía hasta el más oscuro secreto. Además de eso, una camisa del mismo color bordeaba sus pechos y se alzaban sobre el vacío físico, como dice la canción: cuando bailas la guabina/ con tu camisón de olan / hay algo entre tu corpiño / que tiembla como un volcán / es el volcán de tus senos / al ritmo de tu cintura. Sin duda alguna es la cristiana más hermosa que había visto en carne, carne del pecado. Como estos días el sol está disqueando todas las capas de la piel, sobre el puestico, ayuda del vendedor, se parqueaba un sombrillón para proteger. Su pelo color café, café empastadura de biblioteca me daba sensación de cuchumbo saciado, ay María que quiero estar contigo a ultranza, sacrificar mi duda por tu sonrisa. Rodeando como zopilote violento me aproximé a su rostro y con precaución iba acercándome ya sin más excusa. Sus gafas de sol hacían más difícil la identificación de aquellos ojos. No podía más, ahora yo era la presa, y ese hermoso culo la gran carnada. Ahora no, siempre lo fue. Entonces fui hacia ella, hacía María y como estos días iba de Jueces en Jueces le expuse mi pequeña hipótesis: Jonatán, el hijo de Saúl, era el mozo de David y por eso Saúl quería matarlo. Básicamente: en las altas esferas monárquicas del reino de Israel primitivo había un trío amoroso homosexual incestuoso. Naturalmente su estupefacción fue mayúscula, por no decir más el rostro del anciano acompañante era de enojo y sorpresa pasiva a la vez, ella me preguntó mi nombre y le respondí que Juan como el evangelista y que mi segundo nombre era Sebastian como el mártir. Le pregunté el suyo. Su rostro limpió mi deshonra: sobre su boquita se refragía una carrilera de dientes porcelana y sus labios eran vía hacia la salvación eterna, la cama de mi bastión carnoso. Ay María sólo la pasión de Cristo podría llegar a este momento culmen de cuando te conocí. Después de calmar un poco mi excitación y nerviosismo, pues mi nombre es Juan pero no soy un Don Juan, ella me dijo que su interés y lo poco que sabía no involucraba el antiguo testamento, pero que notaba una curiosidad fuera de lo común en mi personita. Ay, nunca me habían dicho algo tan bonito. Por fin me sirvió de algo mis reflexiones escatológicas bíblicas -ya que la linaza no funciona-. María me invitó a la iglesia, mañana domingo, el día en que Dios descansó de la creación. Yo sin duda acepté  y por primera vez le pedí el número a una  mujer, por si me perdía llegando a la iglesia, uno nunca sabe. Rápidamente sobre el papel parafinado de “La guía bíblica HERMANOS JACOBISTAS CARNE DE CRISTO” escribió su teléfono. Tomé el papel, me despedí sonrojado y alegre, humilde mi corazón. Iba mirando la ciudad, viendo la luz sobre los cerros, viendo las torres y viendo la claridad del cielo que era la claridad de mi ser después de conocer a María. Misteriosos son los designios del señor y si el camino de la salvación de Cristo viene dado por la voz, los labios, el cabello, los dedos, los pechos, las piernas y, como no, el trasero de María, desde hoy mismito ya soy un misionero de Cristo. Subiendo el puente coincidí con el mitin que se concentraría en la otra calle para la defensa de los savants, aquel hombre del litoral iba dirigiendo el grupo y me tomó por simpatizante, me sonrió y me dijo “Vamos mi hermano”, yo le sonreí y caminé con el número de María mientras que la tarde caía sobre la ciudad.

xxxv.

Eche cheito dame chamba chimbita

que Chepe me chimbea la chinita

o dame chicha con chocorramo pa que me de churria checha

o dame chicha con chocorramo y salchicha  pa cachar la fecha.

 

A Chucho le enchocha chatica chueca que checa el Chilam Balam

y chupa changua de chácara en Ramadán.

 

La noche chatarrera rechaza guacherna:

chango, chango, changó.

La chiva chirrea champeta y chifla:

chuco que chuco que chuco

chan-chán.

 

Ay chévere que charlo no churrigueresco,

chabacano a pecho soy sanchopancesco,

como chistoso Pacheco el choncho

con chompa, chaleco y poncho

chapoteando charco chiquinquireño

y escuchando sacabuche charaleño.

Lucho me chirrea la chola,

sin chepacorina chico chipriota chilla en la chibola.

 

Borrachera con chela chiquita pal chubasco,

chapetos chocamos con chancla el churrasco.

Chito que chito o mi chata chúcara chispea el charrasco.

¡Y qué chasco!

 

Machuco chorrito de mecha

hecho que Chamorro lechona no me echa,

chimpancé chanza con chaira

la chamorra machaca chamorro en Pachaina,

oye muchacho chungo mechudo

choca al checheno pechudo.

 

Chao que chichi chorlito me da chutar chocha,

chucha chuiquita con chuzo picha trocha.

xxxiv.

¿Qué vamos a hacer con el lenguaje? ¿Escribí bien? O como ahora que se escribe: Que vamos a hacer con el lengua? o Qué vamos a hacer con el lenguaje? Ya me quieren envolatar la apertura de la pregunta, el simbolito ese en forma de oreja que es simétrico con el que cierra la pregunta. Y también las tildes me las quieren envolatar. ¿No se ve rara la a junto a la hache ahí junticas, seguida por la a? ¿Cómo sería la hache sin hache? Yo no sé. Hagamos un nuevo abecedario: A, B, CH, D, E, F, G, I, J, K, L, M, N, O, P, R, S, T, U, W, Y. Se ve bonito ¿No? Practiquemos palabritas: chino, viejo, chucha, kirostano (esa me la acabo de inventar), kerer, kiosko, esternokleidomastoideo, yota, silofono, malparido, jobial, kamikase, baca, burro, ijueputa, korason, kulo, rason, sapato, kasa, ke, semen, perro, pero, garganta, chimba. Quitémos las tildes ¿son necesarias? Qué lindo, qué vamos a hacer, qué glorioso. ¿Se debe conservar y diferenciar entre el lenguaje oral y el lenguaje escrito? ¿La batalla del lenguaje escrito está perdida con el lenguaje oral? Voy caminando por la calle y escucho: éngase pa aca mor, que lo que le voy a dar es de lo muy güeno, más sin embargo le ajunto la ponzoña para desguamamar el marrano para la fiesta, engase rápido que ya se me acaban los minutos. Y después voy para más arriba y escucho a una sardina diciendo Wao, qué garra ese man, yo sólo escucho lo que él me dice. Y El Cid Campeador, ¿Qué español hablaba él? ¿Será que si le escucho (¿o le oigo?) su español me será más alejado que el francés o el italiano de hoy? Y cómo le hablaban los españoles de Castilla a los moros de Valencia. ¿La lengua que boto es también árabe? ¿Será que españoles de Castilla es una inconsistencia histórica? ¿Cómo es que es? ¿Español o Castellano? ¿Y cómo es la historia? ¿Hay que meter a Franco? Ay se me olvidó una letrica, la Ñ. La Ñ de mi apellido, la Ñ de ñato, de ñiño, de niño, de ñoño, de cariño (o kariño) de kaña, de kañaveral, de peñasco, de Toño. ¿Y la CH? La che que tantas cacofonías forma y tanto le molesta a Natalia. Chayan, Chico, Cucaracha, Chavela, Chavez, chocho, chinchorro, chamaco, chubasko, cholao, Chechenia, chakaras. ¿Será que me pegan si sigo hablando así? La buena ortografía, la escritura de regla se ve muy bonita. Es muy armonioso leer algo bien escrito, pero la pelea está perdida, es la pelea del tiempo. Y desde Correas hasta Mosterín se está proponiendo cambiar el lenguaje escrito a un lenguaje fonético, incluso en el libro Teoría de la escritura de Mosterín – que si le interesa lo consigue en la Luis Ángel Arango, anote pues el número topográfico que es número y letra: 401 M67t; o búsquelo por el ISBN que es 8474261996 – da un ejemplo y da las reglas del lenguaje fonético escrito. Ahora cualquier sardino o sardina (para que vean que yo tengo lenguaje incluyente) o mejor, como dice Mosterín, humán, se nos pone bravo, se nos enoja porque cualquiera se equivoka kon una letrica, que no es s, que es c; que va con g y no con j; que me ponga la h para que kede bien; que me ponga bien las comitas; que no es poner sino colocar; que no es pelo sino cabello. Hay que dolor que pena, Mambrú se fue a la guerra. Ay me mandaron a recojer la ropa. Ya bengo. Ya bolbi. Sigamos con el masato. Y es que se me ponen los bravitos, kien los ve, ¡puritanos! Quietos mis doctores de la Real Academia de Teusaquillo. Para ellos es un asunto moral, son los cruzados del idioma y creen que los errores de la confusión fonética son producto de “un mundo cada vez más ignorante” y que ellos son el último bastión de la lengua. ¡Mentirosos! ¡Hipócritas! El lenguaje no es una forma de exclusión, es una forma de comunicación, y lo que hoy parece error mañana será regla. Ya me acuerdo de niño leyendo el Cantar de Mio Cid, la historia de ese paraco que saco a mis árabes del alma de la península Ibérica, y cierro los ojos, y veo a Granada y sueño con Granada, camino por la Alhambra y miro las inscripciones, las entiendo y veo el hombre de hace mil años en mis ojos. Moros en paz, ca escripta es la carta, buscar nos ie el rey Alfonsso con toda su mesnada. Quitar quiero Castejon: ¡oid, escuellas e Minyaya! ¿Pero que es esto? Castellano Antiguo patrón, ¿pero qué es? ¿Cómo uno puede confiar en las reproducciones escritas bañadas y encharcadas por el huracán del tiempo? Y es que leo la biblia y cada hoja me dice el editor o traductor que no está seguro de si la palabrita se refiere a una montaña del oriente de Egipto o si a una acción, que en la biblia hebrea sale tal cosa y que en la griega otra. Que se creo esto porque tal y tal. ¿Pero cómo que la palabra de Dios se presta a tremenda chambonada? Dios ilumíname, hazme hablar en lenguas y así entender esta belleza. Salió la a, salió la a no sé a donde va.  Oiga o oye. ¿Será que la x si es necesaria? Sexo, quedaría seso, y seso es otra cosa que no es sexo. ¿Y cual letra nos inventamos? Y como hacemos con el usteo, el tuseo y el voseo. Vos sos mi amor, usted es mi amor, tu eres mi amor. Si hablo con el primero me veo como un español o como un argentino o como leyendo novenas navideñas o leyendo traducciones al español de España o como un pendejo. Y es que además si hablo así con mi acento que me pegó la geografía donde caí quedaría mas pendejo. Entonces digo tu eres mi amor, porque acá se suele hablar de a tu, de a ti. Y cuando llegué hablando de a usted me veían como arisco, como desordenado. Entonces ya sé decir tu, ti y conjugar sus respectivos berbos bien. Pero a veces cometo una desfachatez y ay que se me ponen bravitos o bravitas,  y dicen que no sé hablar, que soy ignorante y que debo coger un diccionario. Pero es que el diccionario no enseña a escribir (o hablar), tal vez una gramática o tal vez leer a buenos escritores o escribidores. Hay dos perros, ay dos perros, ai dos perros, ahí dos perros. ¿Cómo lo arreglamos o lo dejamos quietico? O… ¿Para qué pensar en arreglarlo o dejarlo quietíco? ¿Cuál es ese afán por manejar todo y controlar todo? Si el lenguaje se maneja solo, es un umo loko ke da bueltas dexthetadax por el cielo asul. Hoyganez pero es que el asul es mucho más bonito si es azul. El Azul. El Azul de Ruben Darío o el Azul de Los Días Azules. Ay dios (Dios) que me deje esta pensadera del lenguaje. Ya es ebidente. Botemos la v porque cuando se escribe se puede confundir con la u y eso haciendo una demostración matemática me lleva a un desorden mental y una confusión que me ago kaka los pantalones. Pero, ¿Cómo distingimos el boto del que va a una urna a sufragar y elegir o el boto de botar, de desechar algo? Mañana boy a botar nuestro amor. Mañana boy a botar por Simplicio Cáceres. ¿Qué quiere decir eso? Que mañana boy a decidirme y acabar con el amor que tengo con el prójimo o con quien sea el nuestro, o que boy a botar para que funcione. Y la otra: boy a botar a Simplicio Cáceres para algún puesto público o lo ke quiero desir es que lo boy a destruir, acabar, desterrar, desaparecer. Otra cosa que me inquieta mucho son los maestros del matemáticas, yo los veo todo el tiempo escribiendo “si y solo si” y en vez de seguirles la cuerdita de la demostración yo me quedo es pensando en si el solo lleva tilde o no, yo le pondría tilde porque cuando yo estoy solo, en soledad, entonces estoy solo, pero cuando algo es único o una excepción es sólo, que es un adverbio. Entonces me escriben el si y solo si para decirme que si sucede tal cosa acá entonces también sucede allá, y así. Ya me se su tablita de verdad y me se sus propiedades, entre las más bonitas la de Peirce, por decir de paso. Pero es que yo veo a estos magos que me dan clase y no les veo la tilde, el gran hombre decidió no escribir más eso y decidió resumirlo escribiendo ssi. Con eso me quita le pensadera, ¿pero de dónde saca eso? ¿(s)i (s)ólo s(i) ? ¿No estaría mejor (sss)? ¿Y no deja de ser inquietante el sí? Entonces es sí de que sí o si condicional, el tal vez, el de pronto. Ay este bicondicional está jugando conmigo. Como que sí va es el si. ¿Pero la propiedad de Peirce no es con puras implicaciones? Ay yo no sé, como Peirce hizo de todo pues el debe tener tanto una propiedad de Peirce para el bicondicional como para la implicación. El lenguaje debe responder a reglas lógicas, no reglas forzadas por la tradición. El lenguaje debe ser universal y accesible, natural. El lenguaje no debe ser lo que diga yo, vos, tu, usted, el lenguaje debe ser lo que se le de la gana. Vamos a dar una vueltica por el xentro, vamos a el Instituto KARO Y KUERBO. Pasemos por la casa de los Cuervo junto a la plaza de Bolívar, subamos y miremos si hay una cervecita o cervesita.  Ay el tu también lleva tilde. ¿Será que en la Facultad de Filosofía y Letras me enseñan a escribir? Ay karajo, sierto que ya la reforma me la dividió y es Facultad de Ciencias Humanas. Y que ahora es Departamento de Filosofía y que las Letras me las desaperecieron en el país de los desaparecidos. Lo más cercano a las Letras en esa Facultad son los Departamenos de Lingüistica y Literatura que son dos y no uno. Me las separaron y me dejaron cojo, tuerto. Yo paso por ahí y los veo chupando cerveza, hablando mierda, escuchando basura. La vez pasada izke un festival de bandas. Y pasaba por ahí un jueves lluvioso y gritaban kosas del sistema y que sí y que no y esas guitarras desafinadas con una distorsión inmunda, el bajo por un lado, la bateria por otro, la guitarra igual. No es un caos hermoso, es inmundo, cochino. Y el mechudo ese que botaba babaza como si lo estuvieran torturando, ¡Qué gritadera! Y al final de su castigo (o el nuestro) dió un discurso que ahora tanto pendejo da, que apoyen el arte, que el arte aquí, que el arte allá, que chanchán. ¿Pero cuál es ese abuso de las palabras? ¿Este cara sucia le dice arte a eso? Ahora a cualquier bollo reposado en agua le dicen arte. ¿Arte? Yo no voy a hablar del arte porque no tengo tiempo y no hablo de lo que no sé a menos de que tenga ganas de molestar a una que otra alma caritativa. Pero es que hay que fijarse en las palabritas que estamos usando todos los días, qué abuso, qué violación, qué desastre, qué desfachatez, qué suciedad. Este siglo, el que le sigue al siglo de las libertades y las guerras no nos enseñó una cosa: saber cuando callar, saber valorar el silencio.

xxxiii.

I.

Felisberto llega al pueblo después de 12 años a enterrar, habla con Mariela sobre qué fue lo que pasó.

1.

Vía Bucaramanga-Barrancabermeja, después del peaje, vía sola, muy temprano o muy tarde (mejor muy temprano). El cielo es psicodélico: naranja-morado-blanco. Animales, árboles y Felisberto va en un sedán algo desprolijo rumbo a su pueblo, suena Noel Petro, el rostro de Felisberto habla.

2.

(desde la funeraria, la cámara está en el techo mirando el ataúd cerrado, de alguna manera baja del techo y se va por todo la sala mientras la gente pasa: celadores, lloradores, dolientes, curiosos y sale a la calle, en ese momento Felisberto está caminando hacia La Scala y la cámara sin detenerse lo sigue)

(otra opción es enfocar el anuncio del muerto y continuar con Felisberto rumbo a La Scala)

3.

(Felisberto entra a La Scala, hace 12 años que no ve a Marina, su mujer. Marina estuvo con Alirio durante la ausencia, ella está extrañamente feliz, dichosa, es una felicidad enfermiza pues se acaba de morir un hijo. Entra y se sienta en la mesa donde está ella (sola))

FELISBERTO

¿Ahora sí me va a contar?

MARIELA

Salude carabrava

FELISBERTO

Hola Mariela

MARIELA

¿Cómo le ha ido don Felisberto?

FELISBERTO

Quiero saber de X. ¿Qué fue lo que pasó?

MARIELA

Pues que se nos fue, se nos fue y ni más.

FELISBERTO

Eso está cerrado y con candado. Cuénteme Mariela, necesito saber todo.

MARIELA

La verdad es que yo no me acerque a ver el cuerpito. Alirio fue el que lo reconoció, él me dijo que sí era, yo le creo Alirio. Alirio ha sido muy bueno conmigo durante todo este tiempo. Yo no fui porque a mi sí que daba miedo ver eso todo desordenado, todo desarmado.

FELISBERTO

¿Cuándo pasó?

MARIELA

La última vez que nos vimos fue el 12 de diciembre.

FELISBERTO

¿Qué pasó ese día?

MARIELA

Ese día fue normal, salvo por la alaraca que se armó por lo de navidad, lo mismo que todos los años. X salió a trabajar como todos los días. A eso del medio día me llamó y me dijo que no iba a almorzar, que le guardara la comida. Yo ese día había hecho mondongo porque yo sé cómo le gustaba eso a X. Repetía y todo. Luego no llegó en la noche y no constestaba al teléfono. A eso de las diez llegó Alirio porque estaba desesperada. Empezamos a buscar en la madrugada.

Dejé de hacer tantas preguntas. Mejor dígame quién le avisó. Yo pensaba que usted ya estaba muerto, pero mire, parece que el tiempo no le hace nada, sigue igual de caricontento  ¿Dónde se metió durante doce años?

(…)

No se haga el bobo Felisberto

FELISBERTO

Cuénteme más

MARIELA

A los siete días, por allá en el monte, vía a La Perseverancia fue que encontraron a X en una bolsa. Después nos llamaron. Alirio se encargó de todo.

FELISBERTO

¿Dónde anda Alirio?

MARIELA

Está en la casa, ese hombre ha estado día y noche haciendo todas las vueltas. Es que morirse si es mucho papel, vuelta para allá, saque comprobante, que una cosa, que la otra. Y más esta muerte tan siniestra.

Pero su hermano no demora en llegar.

 

 

 

II.

Felisberto en el Muelle, nostalgia por X, se culpa por su primo. Por la historia de Carlos.

III.

Plagio del pueblo.

xxxii.

Siria

Decían en la Antigüedad que la poesía
es una escalera a Dios. Tal vez no lo sea
cuando me lees ahora. Pero lo supe el día
que por ti volví a encontrar mi voz, disuelto
en un rebaño de nubes y de cabras
revoltosas, que desde un risco acababan con las hojas
del ciruelo y la anea, y los rostros enflaquecidos
de la luna y del sol se fundían;
el motor estaba averiado y una flecha
de sangre sobre una roca señalaba
el camino de Alepo.

Eugenio Montale

xxxi.

Durante los últimos días de marzo, Valerio Tullerino dejó su casa para jamás nunca volver. Desde temprano él soñaba con el desierto, su espíritu beduino lo obligó a mover los pies y dejar la casa. El sándalo, la humareda aromática y el alma de Damasco retumbaba en el cuerpo de Valerio. Cansado del intento por ser astrónomo y cansado de ejercer honradamene el arte del paralogismo Valerio dejó todo para no ahogarse. En un mundo cada vez más débil y más raro donde la fortuna era ajena desde los días hexagonales, su escritura se había reducido al nasib eterno de la mujer lunar que se refugiaba en el sur la cual no dejaba nunca evidencia del desmán. La pica, el broquel y la nube lo acompañaron al salir de la casa. Lamentó no volver a ver la hornacina que estaba en la esquina del parque Lobachevsky abajo de la cúpula del pabellón y antes de dejar de oler el pan de las seis y de oír la carrocería de la calle Tomasa miró la hornacina de oro por última vez y se preguntó por qué nadie se la había robado. Valerio no avisó. En su casa nadie preguntó por su ausencia ni fueron en su búsqueda. Desde los últimos días de marzo todos acomodaron la casa ocupante: removieron el catre del sótano, regalaron la ropa en la iglesia, ensuciaron el baño anteriormente impoluto, regaron las canicas en el parque Lobachevsky gloria de la infancia, entregaron sus libros a cuanto visitante llegaba, escondieron el retrato que le había hecho a su abuelo el día que ganó la medalla al servicio y volvieron a bajar la letrina después de una sola orinada. Nadie preguntó por Valerio, ni Ramiro Villahuesos que lo había conocido desde párvulos ni Maria Clara Cafer, experta en espionaje y productos anexos. A veces, un hombre se va caminando cada vez más lejos de su centro y su dirección es tan firme que el mundo lo olvida por completo. Hemos llegado a los días en que la timidez, el silencio, la espera, la mirada firme y el enganche ingenuo quedó sin lenguaje. Tan tenue es nuestra voz ahora que no puedo ver lo que sigue.

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