xxiii.

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En la madrugada de ayer leí un artículo sobre Grothendieck: 12 horas diarias, 7 días a la semana, 12 meses, durante 20 años.

Me gustaría pensar que es un mito, pero es una buena referencia. Todavía no puedo entender sus aportes, pero sí atisbar su temperamento.

El ejemplo, eso es lo que se trata de entender y lo que enseña.

xxii.

No estoy seguro de cuándo regreses pero tienes que venir cuanto antes. Yo sé que siempre cuando no estás te escribo lo mismo: que vuelvas rápido. Pero esta vez es en serio. En el Museo Nacional hay una exposición de Lorenzo Jaramillo. ¿Te acuerdas de él? Yo te envié Nuestra Película, el documental de Luis Ospina sobre él. El documental que tiene una galería con tus apellidos. Te lo envié en uno de tus tantos viajes, creo que fue en diciembre del 13′. Yo estaba visitando mis tíos en Casanare, me la pasaba todos los días viendo películas acompañado de Fito, el galgo blanco que está sordo. ¿Ya lo recuerdas? Yo te enviaba fotos en blanco y negro de Fito, también tomaba fotos de los afiches de la casa de mi tía, habían muchos de New York. Creo que tu estabas en Miami, no estoy seguro, sólo recuerdo que estabas lejos. Yo conocí a Lorenzo cuando a mi primo le diagnosticaron VIH. Todavía recuerdo esa noche, mi cuarto estaba seco y desértico, creo que llovió en el pueblo y por unos minutos lloré mientras sonaba La miseria humana de Lizandro Meza. Ya sé muy bien que a ti no te gusta esa música pero yo la llevo en el corazón, la llevo en el recuerdo y en la nostalgia. Mi tía fue la que me habló de Lorenzo y yo lo busqué. El documental lo vi en una tarde calurosa de los llanos orientales colombianos. Tu estabas en el norte. Vuelve rápido que está fechada para el 25 de septiembre. Después te jodiste, te quedas sin ver a Lorenzo. Yo fui con una compañera de la casa que se llama Miriã, es de Brasil. Sin embargo estaba como apurada y no pude detallar y acercarme como quería. Me gusta tu paso, tus pausas y tu cadencia. Yo tengo la misma relación y por eso me gusta ir contigo al museo. Ese día compré una revista de la exposición y ahora la estoy leyendo. Por eso te escribo. La verdad, todas las palabras se pueden ir a una bolsa y después la bolsa en la basura. Tener las obras más grande que la palma de la mano es reconfortante. Por aquí dice que a él le gustaba mucho Erik Satie y ayer justamente leí nuestra correspondencia sobre Erik Satie, era como nuestra condición para el enamoramiento. Era nuestra propiedad transitiva, hecha antes de encontrarse, de fijarse. También hay algo de Talking Heads. Yo sé que hace un año y nueve días no nos vemos ni hablamos, pero tu sabes que yo no soy orgulloso y que me parece más importante que vengas para no perder a Lorenzo. También te escribo para decirte que no era mentira todo lo que dejaba entre líneas mientras hablabamos sobre Erik Satie. Todo sigue igual. Tal vez crece y pesa cada día más.

Vuelve pequeño gusano macilento rompecocos.

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xxi.

{una nota suelta de una entrevista}

Darwin hizo su famoso viaje en el Beagle alrededor del mundo, que duró cuatro años, uno de los cuales lo pasó en la Patagonia. Allí, en el extremo sur, detrás del canal que ahora se llama del Beagle, está la Tierra de Fuego. A los indígenas se les llamaba fueguinos. Darwin los visitó y se quedó horrorizado por su crueldad. Dentro de su propia familia se ayudaban unos a otros, se querían, eran tiernos y solidarios. Pero cuando tropezaban con alguien de otra tribu, inmediatamente se liaban a golpes. Al perdedor se lo llevaban arrastrado por los pelos a casa, donde lo entregaban a los niños para que se divirtiesen sacándole los ojos. No les daba la más mínima pena y se reían cuando la víctima chillaba. También le había impresionado el maltrato que se daba a los esclavos en Brasil. Darwin llegó a la conclusión de que la compasión solo se aplicaba originariamente a los parientes más próximos. Sentíamos su dolor como nuestro, pero no el de los otros. Con los demás había una relación de guerra casi constante. Decía Darwin que el progreso moral posterior había consistido en la expansión del círculo de la compasión para abarcar primero a los vecinos, luego a los de la misma etnia y más tarde a los del mismo sexo, o raza, o país. Pensaba que esta expansión debería continuar hasta llegar a su lógica conclusión, es decir, hasta que el círculo de la compasión abarque a todas las criaturas capaces de sufrir.

 

ix.

Hoy volví a la Ciudad Blanca. Volví a la Universidad Nacional de Colombia, volví a ese hermoso Campus en el que he vivido los últimos dos años. Venía del norte, como siempre, y tomé el transporte hacia el sur. No bajé en la estación Universidad Nacional, fue en la anterior. Caminé por el barrio Nicolás de Federmann, por sus calles que son como laberintos, pasando por andenes que están entre casas donde en cada metro uno piensa que se le va a parecer algún hijueputica a violentar. Pero no. El barrio Nicolás de Federmann aparenta ser un lugar muy tranquilo, con mucho verde y muchos vigilantes. La mayoría de casas tienen pegado a la ventana el anuncio de seguridad privada. Se armaron las convivir. En este barrio hay casas muy grandes, casas enormes. También hay algunos edificios recientes. Antes de llegar pasé por un parque, pues a ese lugar me llevaron las calles de laberintos. En el parque habían varias personas ejercitándose y varios perros en convención. Esas personas que sacan sus perros a las cuatro de la tarde de un martes y se reúnen a conversar no sé si  sacan a sus perros o los perros los sacan a ellos. Hay algún tipo de simbiosis. Que felicidad causan los perros, es el amor más puro sobre cualquier amor. Comí un banano y una bolsa de maní con pasas y seguí caminando hacia el sur. Finalmente crucé el puente y entré al campus. Caminé por el edificio de genética, pase por el colegio, después el Observatorio Astronómico Nacional y seguí por el sendero que lleva a Química. Todavía no quiero entrar a ese edificio.

El campus sigue igual. Con las mismas personas. Los estudiantes de Maestría en Química cursando su materia favorita: cigarrillo, tinto y cháchara. Igual seis meses no es mucho tiempo, realmente es nada, pero yo contaba la ausencia en eras geológicas. El mismo profesor fantoche discutiendo con su pareja en pleno campus.  Siempre que llego al campus, el también llega. Estamos como sincronizados en la llegada. Creo que lo he visto más veces en el camino hacia el edificio de química o a la zona de Ciencias-Ingeniería que cuando estuve en su clase. El profesor fantoche, a pesar de que tiene un morral, siempre lleva varios libros y cuadernos en sus manos. Pero son tantos que no lo sospecho como una lectura ocasional en el transporte público. En el transporte público difícilmente se puede leer un libro de formato tipo Debolsillo. El profesor fantoche no le gusta vestir de negro. Le gustan los colores amarillo orín, gris gris, blanco cama de hotel, a veces azul con gris, pero no el negro. El profesor fantoche jura que es un profesor. Pero el es sólo un malnacido. Y no lo digo con rencor causado por algún ataque a mi promedio, no, para nada. Mi dolor es que usa una pedagogía barata, una enseñanza facilista. Una visión pobre de cada tema. El peor crimen que puede hacer un profesor es hacer creer (y creerse él) que está enseñando de verdad, que lo que transmite, lo que habla de verdad tiene el rigor y la formalidad que merece. Yo por eso no soporte nunca sus clases, esperaba a la salida y copiaba algunos apuntes. No soportaba dos horas siguiendo el circo de una enseñanza falsa. Pero bueno, yo no quiero hablar de ese señor que ojalá se jubile. Yo quiero hablar de el campus y mi reencuentro. Y tampoco quiero decir mucho.

Para describir el campus de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá tendría que componer una sinfonía heroica, pero yo no sé componer y ya se me está olvidando hasta leer las partituras. Toca conformarse con teclear. Para hablar del campus primero tendría que hablar de Bogotá, pero esa es otra historia larga. Sin embargo puedo decir que el campus, la Ciudad Blanca no se podría entender ni tendría el mismo espíritu si no estuviera en Bogotá. Bogotá tiene esa atmósfera sombría, lúgubre, miserable, desolada y hasta cochina. Ese ambiente gris que todo lo permea, una densa capa de maldición baña toda la ciudad, una lluvia color nostalgia acongoja la ciudad, acongoja la vida de Bogotá todos los días.  Pero esa energía todo destructora reacciona magníficamente cuando llega a esos edificios blancos ideados por Karsen y hechos por Rother. Esos amplios espacios verdes, esos árboles altísimos que a veces invaden saltimbanquis y mariguanos. Esos espacios verdes que a veces parecieran bosques que se prolongan infinitamente, bañados por Bogotá.

Después pasé por el rebautizado edificio Yu Takeuchi, mi nueva casa. Caminé por bellas artes y música para finalmente volver a ver la Plaza Central. Entré al León de Greiff, sólo por mi deseo de ver libros de la Universidad. Maldita sea que compre más libros. Me llevé todo lo que había del profesor Fernando Zalamea (un libro me constó mil pesos) y un libro de literatura que recomendó Carolina Sanín. Ya estaba la noche abrigando el campus y tenía que ir a la casa de los hermanos maricas costeños. Salí por el hermoso sendero que tiene techo de arboles. El sendero que pasa por el edificio de música y por el Museo.

Antes de que la noche silenciara a la Ciudad Blanca salí con el deseo de vivir ahí, de quedarme toda la vida en ella. De graduarme, de viajar y volver, de recorrer todo el mundo y todos los idiomas para volver a la Ciudad Blanca y que el día que me muera sumergirme en el espejo de agua del edificio de Salmona. Si algún día la fortuna me sonríe poder enseñar ahí, poder trabajar ahí, poder investigar ahí. Vivir con ella. La Ciudad Blanca que ha sido testigo de toda mi dicha, de mi dicha absoluta, de mi sorpresa infinita con las palabras y las narraciones fantásticas de profesores geniales. La Ciudad Blanca que ha sido confidente del amor. Y confidente de la desgracia. La Ciudad Blanca que observó como caí, lentamente, silenciosamente y sin testigos salvo ella.

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Manta invisible que bailaba en el atardecer cuando ya todos se iban y ni la filarmónica estaba. Recorriendo la casa de filosofía y caminando por el campus desierto. Rayando en negro palabras de un hombre triste lejos de su casa. Buscando en la rosa de los vientos el lugar que vigila atrocidad. Caminando, caminado sobre las formas cúbicas. Colgado a cada hoja, gritando como el saltamontes. Que no venga nadie, que estoy reculando sobre la Ciudad Blanca. Mi planeador azul vigila cada espacio y cada silencio. Se encarga del hogar fantasmal de mis muertos elegantes. Salgan, salgan todos y abracemos el paraíso. Que su sangre, su frío, su partida no dejará marca. Rodeando la casa y deslizándose sobre la nube triste de la omisión.

vii.

Hoy maté un Aedes aegypti. Un raquetazo eléctrico lo dejo rostizado. Eso fue hace unos minutos. Hoy también fui al Distrito Militar. Antes de entrar al recinto, mientras esperaba sentado en el piso junto a la puerta, un soldado vio que estaba leyendo. Yo estaba leyendo Palinuro de México de Fernando Del Paso. El soldado se acercó y me preguntó de qué se trataba el libro. Yo le comenté que era sobre México, sobre la vida de un estudiante de medicina que fornica de todas las formas posibles con su prima. Él respondió si se trataba sobre los “narcos nazis”. Sí, eso fue lo que dijo. “Narcos nazis”. No sé como llegó a esa conclusión o esa asociación. Yo le pregunté por qué decía eso, qué tenía que ver eso con estudiar medicina y cuál era la relación que tenía el nacionalsocialismo con narcotraficantes de México. El se reía. No sé si estaba drogado o si era un total bastardo. Drogado de naturaleza. Y ese es el típico soldado raso que está dando vueltas por todo el territorio nacional. Habían muchos soldados en la puerta porque la entrada principal no funcionaba. Entre ellos vi a dos soldados que estaban preparándose para hacer el noble oficio de paletero -el que con una paleta que dice “pare” en color rojo y del lado contrario “siga” en color verde, dirige el tráfico que se aproxima-. Estaban con el pelo típico del soldado: la uno o la dos. Los dos eran morenos casi negros y de estatura mediabaja. Y ese es el típico soldado raso que está dando vueltas por todo el territorio nacional. Estaban tratando de arreglarse con las prendas de paleteros del ejército nacional. Básicamente un chaleco y dos protectores que se usan en cada canilla, los dos de color naranja y con reflectores. El problema surgió al arreglar el chaleco. No sabían como unir el velcro que ataba el espaldar con el frontal del chaleco. Estaban absolutamente perdidos. Y yo dejé la fiesta en al Plaza Santo Domingo por detener la mirada en esa misión de inteligencia militar. Estaban perdidos y absolutamente conscientes de su retraso. Se reían sacando la cabeza del chaleco donde debería ir su brazo derecho – o izquierdo-. Decidieron unir primero el velcro y después sí insertar sus cabezas dentro del chaleco, pero una vez la cabeza adentro no pudo entrar su cuerpo que deshizo la unión pues el cuerpo ocupa mayor dimensión que la sola cabeza. Después de unos dos minutos lograron arreglarse el chaleco y partieron a la esquina para cumplir su trabajo. Y ese es el típico soldado raso que está dando vueltas por todo el territorio nacional. También estuvo algún tipo de líder o jefe parqueado a la entrada. Este soldado no tenia ropa de soldado, todo lo contrario, tenía ropa de civil. Y tenía una moto de civil. Sin su ropa de soldado nunca lo tomaría como soldado y sin el miedo que le mostraron los otros soldados nunca lo hubiese imaginado jefe de algunos soldados. Él ordenó algunas cosas del ingreso de automóviles y motocicletas al batallón, pero pronto se puso hablar de marihuana. Parece ser un tema recurrente en el batallón. Y además de recurrente, parece ser un tema festivo. Feliz. Los soldados perdieron el miedo al empezar el tema de la marihuana y sonreían haciendo diversos comentarios con su jefe vestido de no soldado. Los soldados paleteros y soldados porteros no dejaban de reír. Ya quisiera yo conocer como es el humilde comercio de marihuana en el batallón. ¿Tendrán su matica, su sembradito dentro del batallón? ¿O se la traen a domicilio? ¿Quién la vende y como la distribuyen? ¿Diario o mensual?  Soldado Benítez, ahí tiene su marihuanita, espero que le alcance para lo que queda del mes y no se la esté robando a Gómez como el mes pasado. Claaaaro mi primero. Tal vez todos los soldados, o los que vi hoy, están enmarihuanados, o drogados de naturaleza.  Y ese es el típico soldado raso que está dando vueltas por todo el territorio nacional. Yo sabía que era un Aedes aegypti por su tamaño y sus colores. Ahora como son famosos uno los puede reconocer y llamarlos como de verdad se llaman. Yo nunca había matado un mosquito tan grande. Basto con un toque para que cayera el infeliz, arrastrado por la hermosa gravedad que nos tiene a todos arrastrados en la tierra.

vi.

Hoy en la mañana volví a sorprenderme de la fuerza brutal colombiana. Hay un espíritu de vida tan loco y descontrolado que parece desbordar cualquier juicio. Y es que hoy en la mañana me encontré con una escena absolutamente inesperada. No eran más de las seis de la mañana, yo estaba manejando a una cuadra de mi casa y justo cuando paré a la señal pasó un carro gris, un Chevrolet Spark iba a velocidad media volteando hacia el norte del pueblo rumbo a quién sabe donde. En ese momento la vi. Una muchacha iba con medio cuerpo afuera. Sentada en la puerta del copiloto, como si de un caballo se tratara, llevaba una pierna dentro y otra afuera del auto, su cabeza afuera mirando el camino, un brazo apoyaba su cuerpo para no caer. La mujer tenía el pelo largo y suelto. No pude ver su rostro, sólo la vi, o sólo la recuerdo de espalda, su piel era morena, pero no ese moreno oscuro, ni si quiera canela, era un moreno muy leve, un moreno trajinado, un moreno de encierro, un moreno singular, el moreno mojado por la primera luz. Como digo, iba sentada en la puerta como si de un caballo se tratara. Su pelo largo y liso no me dejaba avisar sus pechos. Parecía estar desnuda. Estaba desnuda. Usaba una pantaloneta corta color rosado. Y ahora no recuerdo mucho si llevaba zapatos, probablemente no. Tal vez por sus piernas era una mujer de estatura media. Todo muy mediano. Iba yo manejando y veía a esta mujer y me tocaba los ojos porque pensaba que todavía estaba dormido. Sólo había dormido unas cuatro horas y me había costado levantarme. Pero no, parece que fue real, era muy real. Sin embargo no me atrevo a decir mucho sobre las causas que llevaron a que esa muchacha terminara en mi pueblo pasando por el mercado municipal El Azulejo a las seis de la mañana montando la puerta de un auto gris. No era un secuestro ni estaban prófugos. El automóvil iba a una velocidad normal, incluso frenó ante las maniobras de parqueo hechas por un camión. Además, la mujer siempre miraba al frente, parecía no preocuparle su curiosa posición. Miraba al frente como quien sabe a dónde va, como el que se sabe el camino de memoria. Tal vez fue sólo una mujer que pasó la noche con un hombre, ahora parecía que el sol despedía la noche y ellos debían terminar, así que ella le dijo simplemente que dieran una vuelta por ahí y que quería ir sentada en la puerta mostrando los pechos. O no. O sí. Yo no sé. No entiendo. Y como no lo entiendo lo voy a tomar como un hecho milagroso. La vida loca de Colombia que todos los días está llena de milagros y de hechos absurdamente magníficos. O no.

v.

Mi abuela fue quién enlocó a mi tío, eso fue porque nunca lo dejó tener mujer. Él trabajó y estaba empezando a organizarse, pero siempre que mi abuela lo veía con alguna mujer lo zarandeaba hasta que las aburría. Antes de eso el estuvo de empaquetador en la fábrica Almendra Tropical, eso todavía está. Él era bien, vestía de blanco todo, hasta los zapatos y era bigotudo. Esa era la época en que se le hacía caso a los abuelos, ella le decía que todavía no estaba en edad para esas cosas. Cuando le pagaban el entregaba su sueldo a la abuela, a la casa. Con la primera cosa rara que salió fue que iba a sacar de una radio RCA Victor, de esas antiguas y largas, dos mismas. Y empezó a desarmarla. Esa fue la primera vaina rara. Después dijo que de la radio RCA Victor iba a sacar cinco radios iguales. Para ese entonces ya había perdido el trabajo, ¿quién sabe con qué habrá salido allá?. Aparte de eso se volvió agresivo, a mi me quería matar, nunca me quiso. Me decía que yo era “el aparecido”. ¿Y usted qué edad tenía papá? preguntó Armando hijo. Yo tenía ocho años. Se torno tan grave la cosa que tenía que dormir entre mi abuelo y mi abuela para que durante la noche el no me cogiera desprevenido. Esas noches él se la pasaba dando vueltas en la casa buscándome. Se puso tan cruda la vaina que le hicieron un cuarto en la casa sólo para él, eso parecía era un calabozo. Una vez empezó a rasgar las tejas porque quería volarse, lo tuvieron que amarrar. Así estuvo hasta que llamaron a un señor que hacía rezos y curaciones, era de la alta Guajira. Él fue a la casa a verlo y dijo que lo que tenia, era de naturaleza, que no le habían hecho nada. Pero que también tenía otra cosa, que tenía muchas lombrices adentro. El señor ese dejó un remedio para que lo limpiaran y al poco tiempo que le dieron eso el comenzó a botar paladas de lombrices, era ver a mis primas recogiendo por toda la casa paladas de lombrices. Eso sí, el guajiro advirtió: o se recupera o se muere. A los pocos días dejó de botar lombrices y se quedó quietico, no se movía ni decía nada. Como a los quince días que dejó de botar lombrices, cuando lo estaban bañando, se murió. Sus ojos estaban cerrados, el sol de Barranquilla lo mojaba mientras era llevado por el agua del lavado y no sé cuál mujer de la casa le limpiaba los parpados mientras que otra lo sostenía. El nunca los abrió más. Estaba muy blanco pero no sé porque se me pareció como a un ángel mientras que ya dormido, mojado y alumbrado por el sol de Barranquilla se murió. Estaba muy bonito, se veía muy bonito justo cuando se murió. Eso fue algunos meses antes que mi abuelo se muriera. Mi abuelo era el único que me quería, él era mi único apoyo. Mi tío se llamaba Carlos, así. Carlos Figueroa Cabrera. Él murió en los primeros meses de 1948, el año que mataron a Gaitán. Yo creo que fue en abril o en mayo del 48. Mi abuelo murió el 31 de diciembre del año 48. Pasamos la fiesta de fin de año velándolo. En esa época qué funeraria había, todo era en la casa. Y sonaban los equipos, la música y la fiesta. Una vecina fue a la casa y le dijo a mi abuela que le daba mucha pena y que sentía mucho la muerte de mi abuelo pero que ella iba a poner su música. Mi abuela no le reprochó y le dijo que claro, que todo continuaba y que mi abuelo no le iba dañar la fiesta a nadie. Pero claro que fue gente a ver a mi abuelo, fueron varias personas. Mi abuelo murió el 31 de diciembre de 1948, mi tío murió ese mismo año y estaba loco, mi tío me quería matar. Mi abuelo era el único que me quería y  desde el día que murió  la cosa cambió mucho en mi casa.

iv.

Emilce Cubides ayer me dejó, me dijo que ya no me quería más. Yo extraño mucho a mi Emilce porque ella me enseñó muchas cosas. Lo siento, estaba solucionando un problema de corte podológico. Estoy sintiendo picor en las manos, escozor, terriblemente fuerte. Cuando te limpiaste el culo rompiste el papel y te entro mierdita cargada de pequeños seres que nadan por su sangre y se meten dentro de tus músculos y huesos, son como unas entelequias que caben por todas partes y pasan por todas partes. La transfiguración inicia. Dios, padre, pero tú eres todo un Galeno de la filosofía. Es lo que el buen Leibniz llamaría las mónadas ¿Las mónadas? ¿Eso no es lo que me cuelga del escozor? ¿No son las mismísimas guevas? Estaba imaginando una lea peluda desnuda, pero no peluda en la chocha eso no es problema, peluda en otras partes: en la espalda, en los pies, que tenga barba. Esas viejas que tienen brazos peludos, panza peluda, pelos en los pezones. Con ese camino de vellosidades que se le marca en la parte inferior del ombligo hacia la chucha, tupido como el Vaupés. O que  le salgan los pelos por la nariz, que estornude y cuando caiga el moco en el piso o sobre cualesquiera superficie se vea un racimo de pelos. O esas verrugas con pelos de gran extensión que le crecen pelitos y eso parece son margaritas que se mueven al ritmo del sol. Lo más curioso del caso es el grosor del vello, son cables, son alambritos, esos alambres que doblados entre muchos forman cilindros. Es como lo que me decía el Sergio, el tipo que simulaba sexo oral lamiéndose la comisura entre el índice y el pulgar ¿Recuerdas? “Vea, si quiere olvidarse de una vieja, fácil, imagínesela cagando y fuera”. Yo conocí una lea que olía a almizcle, joda, eso dejaba el lugar fermentado ¿Sabes quién tiene un olor fuerte? Pero no es desagradable, quién, la Sarah, te digo que cuando llegaba a la casa se sentaba en el mueble y dejaba un olor como dulce. como olor a teta dulce. Como arequipe, como lechera, como miel, como guayaba, como splenda, como panela. De pronto como a avena. Yo me pregunto a que olerá esa Laura, qué tal que las tetas le huelan a sopa de mondongo y el culo le huelo a jabón de Nepomuceno o la vagina, con el foco clitorial huela a alcachofa barnizada de pichón. Que la mierda le sepa a vainillaque. Que tal que huela a galletas ducales, que le sepa ese liquido vaginal a nucita o a nuggets de milo.